Durante algún tiempo
escuché su nombre
y pude sentir su presencia
melancólica,
amarga.
Recuerdo (una vez) haber visto
su larga cabellera
girar en todas las direcciones
libre,
rebelde.
La gente del pueblo decía
verla caminando tras de mí
entonando letanías
suaves,
cálidas.
Yo nunca escuché nada
pero alguna vez sentí
su leve tacto sobre mis mejillas
rosadas,
siempre tímidas.
Tengo que confesar que
siempre quise adivinar qué pretendía esta mujer
paciente,
silente,
de hermoso traje blanco.



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