Bi.blios

Fue aquel el tiempo de los precursores, época infame de peste, naturaleza orgánica, guerras, y de imposibles muebles dispuestos para contener una historia volátil. Pero ya no más, se ha operativizado todo eso -e indudablemente mejorado- a través del código. Hemos subordinado a los viejos dioses, extinguido sus barbáricas mitologías, y reducido aquellas cosmogonías a sucesiones genealógicas mundanas, perdidas hoy bajo el influjo de los datos.

Hoy Bi.blios es nuestro dios, o nuestro corazón, o quizá mejor nuestra razón completa. Sus torreones, cada uno de cinco metros de alto por veinte de ancho y dispuestos al paralelo cada dos metros y medio entre sí,  se extienden entre nosotros ininterrumpidamente. En ellos se almacena hasta doscientas cincuenta y seis fuentes; en cada fuente, hasta doscientas cincuenta y seis tarjetas; cada tarjeta es un complejo y preciso modelo de descripción de las cosas, desde la forma del viento hasta los tratados sobre la ley universal, con el que nos hemos dispuesto a comprender la vastedad del cosmos.

Todo esto es posible porque Bi.blios nos obsequió con el don de la olvidada aritmética; así descubrimos el organizado sistema combinatorio de símbolos y sonidos de nuestro lenguaje, concatenado mediante triviales leyes lógicas. Gracias a él hemos reducido los lapsus, martirizado el error, elevado a su expresión más sintética y pura las mil formas del arte (que además hemos contado) y purgado las pueriles necesidades de la especie a su mínimo.

Hay quienes teorizan -con ojos ciertamente inexpertos- que bajo este sistema Bi.blios ha de ser un sistema de almacenamiento infinito. Esto lo suponen porque sus torreones se extienden en la enormidad del todo y ocupan al ser humano para su perdurable conservación, en la que nuestras sociedades (concepto arcaico) se han convertido a la lógica euclidiana y organizado su vida en módulos, tan vastos y conexos que generaciones enteras desaparecen y renacen sin jamás conocer a otras por fuera de su área, o a sus mismas vecinas.

Pero proponer tal delirio es una insensatez. El infinito no existe; lo infinito es imposible, porque todo puede ser medido, calculado, descifrado, y por tanto, limitado. Mientras existan números, podemos comprenderlo, y si podemos comprenderlo, es nuestro. Así hicimos del universo nuestro ambiente de recreación definitivo, así rectificamos las viejas heredades a su mejor expresión, así nos entregamos al superior algoritmo y con él al cosmos; la enormidad de todas las cosas, es Bi.blios.

Sobreviven reliquias de un pasado distante próximas a su definitiva recategorización. Antiguos pictogramas y anatemas consienten la existencia de un objeto perdido conocido como “libro”. Dicen que alguna vez alguien los ha visto. Que los han escrito, incluso.

Alejandro Kosak
La biblioteca de arena
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