Purgatorius unio

Poco antes del fin de un milenio
un antepasado humano es alumbrado.
No llora,
y aunque tiene lengua,
hace del silencio su idioma.

Sus cinco dedos forman el tacto de un espacio
tan intangible como marcescible.
Extiende los brazos,
y el arco de sus codos
al tiempo exacto desdoblaron.
Amplificando los segundos del minutero,
desafiando los giros horarios,
va asomando su tímida confrontación
de primeros rayos en sus ojos reposados.

En lugar de emitir radiante aliento,
irradia un centro autófago
que cree saberlo todo
por mirar a los ojos
a los hoyos de los adentros.
Sin poder rozarlos,
el porvenir no admite misterio.

El pasado es solo una pieza de dominó
volcada
el azar,
una ilusión
que en sus sueños ha calculado.

Contempló las dos horas cero del universo,
y, por ese conocimiento
de prototipo resultado,
no tiene por qué saber quién le espera
frente al espejo
o en los otros corazones palpitantes;
lleva en su pulso el infarto
aun antes de saber deletrearlo.

El intelecto se figura así un demonio
con la edad del engaño.
Si aprende a contar,
no lo hará para entramar el gran tejido solitario,
sino para deshilacharlo
hasta sus más pequeños retazos.

Por no querer ser un recuerdo fosilizado
o solo el dibujo de un atavismo
inscrito en alguna piedra antropomorfa,
se rebela ante su nombre,
se revela ante el hombre.

Imagen por Tuomas Koivurinne

Marianela Garrido escritora autora

Marianela Garrido
@marianela.1l1
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