mi escuelita

sin mochila y con pantalones brincacharcos
íbamos armados,
bien preparados para improvisar
con la mano, con lo que apareciera.

aunque no éramos rebuseros
ni el peligro era inminente,
íbamos a la escuela
con ellos en nuestros bolsillos,
llevábamos los gillettes, por si acaso.

por experiencia sabíamos ya,
aunque apenas salidos del cascarón,
que en cualquier momento
la punta de los lápices se nos iba a romper
y el gillette nos venía de perillas,
era nuestro sacapuntas,
como lo era la izquierda nuestra mochila,
dejándonos la mano derecha libre,
desocupada por si nos caíamos,
por si había que darle un trompón
a otro relambido.

c. a. campos
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