Emily pasea por los jardines
a la caída del sol.
Suele pasear por entre los jardines
en los atardeceres de verano.
Cuando el sol declina, su piel torna
blanca y luminosa,
entonces pasa sus dedos
por las húmedas hojas de los arrayanes
y en las yemas siente hormiguear la sangre.
Su vestido se enreda entre las ramas
y abren su falda en muchas partes,
(como el viento a un distraído portón),
dejando al descubierto sus largas piernas
en toda aventura trépidas.
Recorre los laberínticos caminos de su jardín
y una ardilla, una mariposa, un mosquito,
una mosca, una avispa, un grillo.
Dickinson Dickinson,
nuestro apellido es un timbre público;
llaman a la puerta y entran los invitados.
El padre acomoda su traje, baja las escaleras,
los vecinos se mezclan entre las brumas,
y los que son invitados atraviesan la cancela.
Un mirlo, una ardilla, una avispa,
una mosca, un mosquito y una mariposa
mientras conversan las damas
sobre preciosas telas
sobre la música tras la puerta.
¡Emily! ¿Soy yo?
Pero Emily se ha reclutado,
se ha alejado y aislado,
porque escribe y solo escribe
para que en un raso día
lean sus poemas
y pregunten por su experiencia
aquí en el mundo.
Y al preguntarse por su biografía
les parezca ésta lejana y extraña,
comprendiendo la sutileza de nuestras miradas
y la clarividencia de nuestras palabras,
que solo un alma tormentosa
es capaz de decir acerca
de la vida en los meses de marzo y abril.
El biógrafo describe,
las estancias en el jardín,
a partir de la vista que los vecinos
poseen desde sus casas enormes.
Ella es las flores a la orilla de la acera
cuyas huellas dactilares
alcanzan el jardín;
reconoce que son arrayanes,
helechos, geranios, buganvillas,
y coníferas; cintas, costillas de Adán.
Sus
ropas
se
enganchan
entre
las ramas
y los invitados pasan adentro;
se sientan en un espléndido salón
de muebles de ébano
que han absorbido la luz.
Las velas se consumen sobre las estanterías,
sobre Shakespeare
y junto a Dickens;
tiemblan al ritmo de la llama,
sus ojos también vidrian
y puede leerse a través de la niebla que arde,
cuentos de navidad: El rey Lear.
Emily regresa a casa,
abandona el callado jardín.
Hay estrellas y los grillos duermen
sobre las raíces de las lavandas
y en los orígenes de mi corazón.
Como una sombra en las escaleras,
todas aparecemos sobre los barrotes de una cordillera,
sorprendemos a los que no están invitados,
y rehusamos ser ingratas por decidir
no hacer nada con nada.

Miriam González
@mer_adonai
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