Perplejo, sus ojos se detuvieron en el fuego y, por fin, pudo recordar con claridad el momento en que se fue de su casa, esa vieja barraca al lado del seco pastizal de Yauli. La Plaza San Martín lo acogió por años entre el frío de las calles del Centro y palomas hambrientas al despertar. Ese día vendía cigarros al lado de un farol. No había gente a su alrededor, como era habitual en los meses inertes, lejos de toda emoción por la vida misma, por los colores que se asoman, las avenidas de ruido y caos. La luz solar irrumpía toda visión con su brillo avasallador: a él, no le llegaba la sombra. Lento, vio llegar al viejo escritor que siempre se sentaba en la banca del fondo de la plaza: debían ser ya las dos de la tarde. Cuando pasaba por su lado, solía decir que no le llegaba la inspiración cuando intentaba escribir, que si se quedaba dormido se le pasaba la vida y, por eso, quedaba arrinconado, como una enredadera más, entre los transeúntes tan siempre ocupados, observando desde su incógnita presencia los sucesos diarios, buscando inspiración ajena. Un hombre viejo, grisáceo. Transparente. Esa vez se saludaron de lejos, esperando ser la mutua presencia cotidiana que se acompaña durante el tiempo, en el ritmo del movimiento leve, en el paso de los colores del cielo. No tardaron mucho en coincidir las miradas cuando, de pronto, comenzaron a escuchar fuertes ruidos que iban explotando como ecos furiosos por las calles aledañas. A pesar del brillo, el sol abrió paso a una de las imágenes más genuinas de todas las que verían alguna vez. Grupos masivos de personas entraban pisando fuerte a la plaza.
No venían tranquilos. Los había de todas las edades. Gritaban mucho, golpeaban con furia las cacerolas y la revuelta, de pronto, se incrementó. Podía sentir la erupción por donde miraba: era difícil ver rostros, entender voces, sentir a las personas. Estrepitoso mar. Un muchacho le compró un par de cigarros y le contó lo que sucedía. Miraron juntos al paradero de Piérola, donde tantas veces vio el amanecer, y la adrenalina trepó por todo su pecho. Asfixiante enredadera. Le prendió un cigarro al chico, agarró bien su mercancía y entró a la masa sin pensar demasiado. “No podemos permitir que los abusos sigan. Ya se acabó, no nos agarran más de cojudos, carajo”, decía una señora con los ojos envueltos en pasión. A lo lejos, vio al viejo escritor, que estaba parado observándolo todo. Comprendió, sin más, que esto no los iba a dejar tranquilos por unos días. Sonrieron a la vez: lo entendieron todo. Vociferaban alrededor. Siguieron hasta que notaron la presencia de los policías enmascarados de miedo, detrás de sus armas, que relegaban a todos para mantener el orden. La multitud nunca antes había sido tan océano como en esa tarde de noviembre.
Fue alucinante.
Unos jóvenes echaron gas a unos troncos de madera que encontraron tirados y las llamas nacieron con la furia de una incipiente nación. Podía sentir al cielo naranja quemando sobre su cara. El fuego, ardiendo ante él, le estalló en el pecho cual memoria enterrada que desea surgir. Ahí, perplejo, sus ojos se detuvieron en las llamas, y como si lo estuviera viviendo de nuevo, saltó con claridad el momento en que se fue de casa, esa vieja barraca al lado del seco pastizal de Yauli. Fue cuando su padre quemó las llantas en la pradera al lado de la carretera para que no se fuera de su pueblo, para que no se vaya lejos. Recuerda correr, correr mucho. La figura del padre se desvaneció con el humo, diluyéndose en el aire. El olor de la huida, recuerda con ternura. Se escapó de su tiranía, de su violenta presencia, de la casa alejándose para siempre.
Ahí, en medio de la revuelta, estaba la vida misma: se olvidó de sí, de los cigarros, de todo lo que cargó alguna vez, y entró al vasto océano. La plaza, ardiendo. La estatua viendo la historia hacerse desde lo más arriba. Formó una sola voz con la multitud, entre el caos y la esperanza, y así como escapó aquella vez de casa, se quedó con los suyos sabiendo que estaba, por fin, donde tenía que estar. Se acordó: no estaba solo. Buscó rápido con la mirada al viejo escritor de su eterna plaza y no lo volvió a ver nunca más: estaba viviendo su motivo de escribir.

Andrea Crigna
@ukis_crigna
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