
Este relato sobre salud mental fue creado en el marco de los retos internos del colectivo y fue elegido como el ganador por los demás miembros.
Dispuso sus pertenencias en el asiento doce y, como cada mañana desde hacía exactamente doce años, trescientos cincuenta y ocho días, cerró los ojos y disfrutó del trayecto a la oficina.
Una vez dentro de la multinacional PANCIRCO SL, pasaban ocho horas sin que Eduardo reparase en lo que fuera aconteciese. Allí, entre cuatro tristes paredes, mataba el día sin apreciar siquiera la caída de hojas del abedul, de la llegada de los vencejos en verano o del aterrizaje pacífico de la nieve sobre el suelo seco de invierno.
Cada día, era una hoja más que Eduardo arrancaría del calendario giratorio de su mesa.
Soltero, sin hijos y con una herencia que le hubiese permitido vivir, si quería, sin tener que trabajar ni un día más. Pero no sabía hacer otra cosa. Acudir a la oficina y calcular las nóminas de los trabajadores de PANCIRCO SL, era su máxima, su obligación y, a su vez, un mero trámite para ordenar la semana. Y para que los días no se hicieran largos como una mañana gris en un invernadero. Para todos menos para él, claro, porque Eduardo no se planteaba nada. Eduardo era un pan sin sal, un yogurt de agua, un sosaina, un malaje. Él era así de nacimiento. Y, supongo que, a su manera, también feliz. Aunque no hablase con ninguno de esos compañeros de PANCIRCO SL a los que les enviaba la nómina a final de mes.
Por eso, cuando un mal día descubrimos que nuestro sueldo no llegaba y seguía sin llegar, acudimos a aquel cuartucho donde solía trabajar. No estaba en su sitio, tampoco en el baño. Todo parecía estar como siempre, pero sin Eduardo el de nóminas. Salvo por la ventana abierta de par en par, todo estaba igual.

Estefanía Soto
@fani_conlimon
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