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Infancia

Los domingos eran sagrados,
un oasis semanal,
pero siempre me parecía extraño
que tardaran tanto en llegar
y se desvanecieran tan rápido.

«¿Cuánto falta, papá?»,
«Tres días»,
«¿Y eso cuánto es?»
«Tres noches».

Sus respuestas,
a mi parecer ambiguas,
no saciaban mi espera.
Pero al fin llegaba el momento esperado,
y juntos,
como siempre,
acudíamos al ritual,
sumergiéndonos en la piscina
del centro cívico municipal.

Me tiraba una y otra vez
al agua de los mayores,
y mi padre,
me rescataba,
y yo me reía,
confiando,
ciegamente,
en que no me hundiría,
burlaba a la muerte,
enseñándole
mis dientes de leche.

Jugábamos al tiburón,
la adrenalina me hacía cosquillas
en la barriguita,
y una aleta me perseguía
hasta que me alcanzaba,
y con el alma petrificada
recordaba que era papá,
qué tontería.

Cuando nuestras manos
parecían las de una abuelita,
tiernas y arrugadas,
íbamos a la lluvia ardiente,
que después me secaban
con esmero y una toalla.

Nuestra última parada,
era una de las más ansiadas:
la tienda de golosinas de la esquina,
una completa maravilla.

La moneda de la taquilla
la invertía
en flamantes chucherías,
hablo de mi papá,
aunque yo con la mía,
también lo hacía,
era nuestro secreto.

Al llegar a casa,
mi madre,
una buena bronca
nos reprimía,
no queríamos cenar
y el porqué bien sabía.

Al final,
la bruja convirtió
las monedas doradas
en unas plateadas
que la taquilla abrían,
pero que la golosinera
no quería.

Jotaerrecé
jota.errece
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