Mitad fruto y mitad mineral,
el erizo se encuentra anclado al lecho marino.
El erizo reposa seguro como una piedra que late.
Y observa.
Observa y perdona, por ejemplo,
el dedo de un pescador distraído
que casi alcanza su guarida.
Observa a nuestros cuerpos, fundiéndose en el agua.
El erizo es concebido con la capacidad,
innata, de permanecer tieso frente a todo.
Frente a los miedos, mujer,
que a nosotros nos desarmarían el pecho.
Cuando me sumerjo cerca de las rocas,
suelo embobarme con las estructuras esféricas,
casi cadavéricas, que solían ser los erizos.
Los recolecto, uno a uno, con las manos pesadas.
De repente, un ardor efímero.
Abro las manos, y observo entre la arena
una lanza perdida, una flecha solitaria,
que me recuerda ante todo, la volatilidad del ser.



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