Sostener el dolor en la palma de las manos,
mecerlo,
como quien mece una nana recién parida;
evitar que se derrame por el suelo.
Gotas amargas,
caen,
como lágrimas sin dueño.
Desde el cielo, misiles,
estallando en el alma
destruyendo el cuerpo.
El camino que me lleva hasta tu casa
es un cenagal de suspiros muertos.
Entre escombros, amalgama de recuerdos,
enseres, carne,
duelo.
Encuentro restos de tu ropa
adheridos a las uñas de tus dedos,
a tus huesos,
a tus veneros de sangre
que inundan el espacio yermo.
El dolor,
ahora,
esparcido por el suelo.

María Peralta
mariaperalta.net
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