―Buenos días ―saludas desde el suelo
en la primera luz del alba
a los gigantes,
si tú lo fueras no estarías
sobre cartones de piedra y hielo
clavados hasta el alma,
no lo bastante
pues sus corazas son más frías.
Levitan como si suyo fuera el cielo
pisar tus alas les da el arma
para ser alguien
y en la caída quedar encima,
pero tu hedor y el perfume de su pelo
se abrazan en duelo y, con calma,
bailan en el aire,
seres transparentes que no saben
quién vuela y quién camina.
―Buenas tardes ―despides desde un charco
bañado por lágrimas que flotan,
o lo hacían, antes
de diluirse en esta lluvia.
Mientras se hunde, zarpas en tu barco
allende las tierras más remotas
justo delante
de la primera choza que te refugia.
Los niños juegan en tu nuevo banco
a prender toda tu ropa
y ver si ardes,
más vale muerta que tan sucia,
pero tu voz es para un lienzo en blanco
su pincel, la nube que te transporta
y la tires o levantes,
la escupas, la rompas o la cantes,
siempre será tuya.
Como una cueva iluminada por el sol
o la tormenta en el mar,
que se pasea
sin rozar a los peces,
tu aullido se pierde en el clamor
de quien juzga sin pensar,
y te condena
a tejer tus propias redes.
Desde que la más tupida y la mejor
te convenció de que tensar
más tu cadena
es el castigo que mereces,
ya no mendigas más que amor,
un trago de agua sin sal
o unos ojos que te vean,
y sin que nada cambie, como isla en la marea,
desapareces.

Iñigo Aranburu Palmeiro
@aranogi.poesia
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