No sé cómo ni por qué pasó. Yo iba caminando en la fila, siempre en la fila, cuando de repente una gran pared blanca se irguió frente a mí, bloqueando mis pasos. Más que sorpresa, lo que me invadió fue un terror paralizante, la angustia de salirme de la hilera y no cumplir con mi deber, que es lo mismo que faltar al destino. Entonces, doblé a la derecha para buscar la salida y, cuando me vi libre de la pared, la misma volvió a aparecer ante mis ojos, implacable, como diciendo “¿En serio crees que ya pasó?”. Esta vez no sentí terror, sino más bien desconcierto, como si se tratara de un extraño déjà vu. ¿Acaso estoy perdiendo la cabeza? ¿Es otra pared o la misma, que se repite una y otra vez?
Giré de nuevo a la derecha para rodearla, y cuando pude salir, vi a lo lejos la fila, que seguía su camino indiferente a mi ausencia. Me invadió un profundo desasosiego; ¿quién soy yo, solo, lejos de mi destino? Me apresuré a alcanzarla, pero otra vez, la pared apareció ante mis ojos, burlándose de mis vanas esperanzas. Irritado, decidí ahora no girar hacia la derecha sino hacia la izquierda, pero, por más que intentaba retomar el camino, la pared surgía frente a mí; apareciendo y desapareciendo, como un infierno creado especialmente para mí.
Desorientado pero resuelto a escapar, permanecí quieto por unos instantes, pensando en mi próximo movimiento, cuando de repente, la blanca pared se levantó del piso y desapareció en las alturas. Aguardé un poco más esperando a que volviera a aparecer, pero como vi que no pasaba nada, me lancé a correr lo más rápido que pude, alegre y aliviado, con la esperanza de poder reclamar mi lugar en la fila. Pero justo cuando me creí libre de seguir mi destino, me embistió el pérfido sonido de la risa humana, y una luz brillante en la que parecían confluir todos los rayos del Sol surgió súbitamente frente a mí, cegándome de inmediato. Corrí con todas mis fuerzas, guiado solo por el rastro de olor dejado atrás por las demás hormigas, pero el ardor del infierno venía por mí; y entonces comprendí que no iba a poder escapar del laberinto.

Paula Obeso
tallerdehistorias
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