La sopa la servían cuando ya todos los demás habían acabado la cena. No podía quejarme de nada más: no había plato que mi boca no deseara, y yo, casi de rodillas, aceptaba cada bocado como si el mismo pan bendito fuera colocado sobre mis labios. Yo fui muy viajero en esa época y en la casa me aceptaron a regañadientes, pero al ver que me quedaría poco tiempo, y habría una buena recompensa de por medio, a los 20 minutos ya estaba instalado en la habitación. Ahí fue donde conocí a Julio.
Él hacía de todo en la casa y me fascinaba con tan solo verlo. Nunca hablamos más de unas cuantas frases, pero en los pocos días que estuve ahí, no sobró ni faltó ni una palabra. A veces me sentaba en las escaleras y lo veía moverse: la cama hecha, los platos listos, el polvo volando al ritmo de su escoba; me daba toda una cátedra de limpieza escrita en sus manos.
Los dueños de la casa tendrían 60 años, pero siempre estaban encerrados en su cuarto excepto a la hora de las comidas, así que, en nuestros mundos, Julio y yo nos apoderábamos del lugar y el silencio. Yo me hacía el lector, el desinteresado, el que no le daba importancia a cada detalle de la casa que él había dedicado. No sabía cuántos años tenía, parecía de unos 75 a más, pero la energía era intocable. Increíble.
En una de esas sobremesas, casi de noche, cuando los dueños por fin decidieron ir a su habitación, acompañé a Julio a la cocina a terminar de lavar los platos. Fue ahí que, en un segundo, al abrir la puerta, la piel se me congeló como si de hielo se tratara, pues junto al lavadero, vi a Julio agarrando una cajita con una mano, y con la otra, casi con profesionalismo, sacando de su pecho algo que hasta el día de hoy no se me borra de la cabeza.
En una palma de la mano estaba su corazón amarrado a una pita. Me escuchó, por supuesto, y al voltear, vi su pecho semiabierto donde, pacientemente, guardó otro corazón, más pequeño y grisáceo. Don Julio puso el primero en la cajita, la colocó en lo más arriba de la repisa del almacén y sin perder más el tiempo se lavó las manos, cerró su pecho con un pedazo de carne que le colgaba y se acercó a mí. Cuando yo empecé a temblar más, me agarró de los brazos suavemente y me dijo en un susurro calmado: “Hasta mañana señor, que descanse”.
Y esa noche, cuando salí despavorido de la casa, entendí que la juventud no es más que un bocado de cada día.

Andrea Crigna
@ukis_crigna
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