Se resistía a dejar sus viejos hábitos con los que descubrió y aprendió a satisfacer, cada vez más, sus exquisitos gustos. Había desarrollado todo un ritual antes de devorarlos, que incluía olores, formas, texturas y colores acompañado de café, vino o a veces una cerveza. Eso sí, siempre sólo, saboreando cada parte e intentando extraer hasta la última gota, devorando con fruición sus entrañas hasta cuando los creía vaciados completamente, aunque sabía que eran fuente inagotable, inmanente, que únicamente bastaba dejar pasar el tiempo para volver con ellos y encontrarlos rebosantes nuevamente.
Cuando comprendió que serían reemplazados digitalmente se dio a la tarea de construir su propio depósito, para seguir disfrutando hasta la muerte los banquetes de su propia biblioteca.



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