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Cementerio

Mi mamá tenía una colección de crucecitas. Guardaba una por cada pariente o amigo cercano que se le moría. Ella misma las hacía con unos alambritos de metal que retorcía para un lado y para el otro con ayuda de una pinza especial; y a veces les metía piedritas y hasta trocitos de madera. 

Unas, tenían el tronco en espiral y recordaban al cuerpo de una lombricita muy tiesa, otras, eran tan hermosas y delicadas que parecían joyas caras; y otras le quedaban más bien feitas y se veía que las había hecho de mala gana.

Siempre les escogía un color particular, dependiendo de la edad y la personalidad del fallecido. Nunca lo reconoció, porque según ella “todas las almas son santas”, pero el tamaño de la crucecita era inversamente proporcional a cuánto quería al muerto. Así, la cruz de mi hermano era pequeñita y delicada como una estrellita de oro, mientras que la de mi tío abuelo era burda y desproporcionada, con un brazo más largo que el otro.

Después de la misa correspondiente, llegábamos a la casa y mi mamá se encerraba a hacer la crucecita del muerto en cuestión; lo cual le tomaba algunas horas o, en algunos casos, hasta varios días. Luego, la ponía en una cadena y se la colgaba al cuello durante 90 días seguidos. Pasado este tiempo, mi mamá depositaba dicha crucesita en un baúl negro recubierto de terciopelo púrpura, y nunca más la volvía a sacar.

En la casa nunca entendimos el porqué de ese ritual tan raro y como medio tétrico, ni supimos cuándo empezó. Siempre nos reíamos diciendo que lo que mi mamá tenía ahí era un cementerio portátil, y que hasta espantos debía tener esa vaina. A mi mamá esas charlas no le hacían ni cinco de gracia; nos decía que ese era un tema muy serio, sagrado, incluso, y que con la muerte no se juega.

Al día de su muerte, el baúl contaba con 23 crucecitas de todos los tamaños y colores. Le pregunté a mi papá que qué hacíamos con las benditas crucecitas, y él, que es un tipo muy práctico, me dijo que las metiéramos con sus cenizas. A mí me pareció como triste eso, la verdad, tanto trabajo para terminar ahí todo revuelto. Así que decidí quedarme yo con el baúl de las crucecitas y seguir el ritual de mi mamá. 

Por supuesto, he tenido que aprender a hacer crucecitas sin que nadie me enseñe (a mi mamá nunca le pregunté) y la primera que hice fue la de ella, que tristemente me quedó medio chueca y mucho más grande de lo que habría querido.

A veces, cuando me despierto por la noche, siento como unas vocecitas que vienen del baúl, y escucho música y hasta risas; y me imagino que es mi mamá conversando y pasando bueno con sus muertos ahí adentro. Y en los momentos de mayor silencio, si pongo mucha, pero mucha atención, casi la escucho contándome qué ha sido de la gente allá en el cementerio, y explicándome cómo hacer para que me queden más lindas las benditas crucecitas.

Paula Obeso
tallerdehistorias
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Una respuesta a «Cementerio»

  1. Dulce y tierno

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