En un extremo de la barra de La Vie,
sentado en un taburete de piel de búfalo
(acolchado)
un señor de ojos blancos eyacula
en silencio
mientras una joven desnuda
de tez caucásica
cabalga sobre sus hombros,
con sus pezones de neón rosado
enhiestos,
dirigiendo su luz a una bóveda de sombras
y enterrando las imágenes últimas,
la mirada ya sin vida del caballero,
en la fosa común de su vagina.
En la calle,
los gatos lloran al contemplar
su trémulo reflejo tatuado
sobre lagunas de orín.
Las cortinas
de terciopelo carmín
censuran los efluvios de la sordidez.
La cannabis sativa eclosiona,
secuestrando el aire con su delirio.
Las prostitutas del barrio rojo
saben bien que sus sonrisas
son mentiras
que siempre dicen la verdad.
Y amanece.
Las campanas de la Oude Kerk repican
su himno de alabanzas.
Sobre una cruz reposa el cardenillo
en que se posa, de luto, un cuervo.
Su graznido, brasa de huesos,
te recuerda que ha llegado el momento
—como una causalidad,
como gracia que abrazas,
como un anhelo—
de regresar,
con tu equipaje de asombros,
a casa.

Antonio Ríos
@antoniorios.poesia
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