Durante mi niñez soñé con unos Reyes Magos en quienes nunca creí, con muñecas que no peiné y con rezos que no aprendí. Luego de una rápida mirada al espejo, con el desengaño de una ráfaga de viento, vi el vestido color carne de robusta frescura ajustándome el esqueleto. Duermo, incluso a las puertas de una intensa juventud, siendo aún la mansa fiera vanidosa de siempre.
Sumida en el doloroso estrépito, al cabo de unos minutos —y puede que de unas melancólicas lágrimas—, el pobre reflejo de mis deseos se hunde en la profundidad oscura de un suelo frío y mojado. Hoy mi mente, repetitiva, figura la distante felicidad del que me ha hecho pretender enamorarme sin enfrentar la pena de tan absoluto silencio y, en la más ingenua de las batallas, perder las fuerzas. Ahora fantaseo con el hombre que seriamente se ríe.
Él atraviesa el umbral de mi eterna sentencia con aires de humildad, como si fuese la imagen sin vida de un dios imponente, de frente altiva y mirada fija en esta criatura imperfecta. Me quedo estupefacta ante su modo de ser clásico —jamás diría antiguo, sino elegante—. La expresividad de sus manos de dedos largos casi desdibuja el rastro de las frases entretejedoras de versos. El rostro sereno enmudece a todos y las pestañas dan cobijo a las ventanas del alma noble.
Desfilan por mi mente los detalles de ese último encuentro como si fuera el momento más importante. Sus palabras, poco a poco, se vuelven mías y deshacen en mil pedazos el desespero de unos labios que tanto quieren decir, pero tan poco pueden. Su sonrisa a media asta, con la sutileza de un violín, me hace notar que con él no hay nada más allá de un segundo. Las arrugas en la frente, llevadas hasta allí por el tiempo, y el ceño, casi nunca fruncido, me hacen creer no haber visto jamás una vejez tan lejanamente ficticia.
Me enseña de un Cristo que es humano, y de un yellow submarine, y de un ácana que es horcón y bastón y sarcófago, y que definir es cenizar, y que las humanidades son como la vida misma. Dios me perdone —me confieso pecadora al decirlo—: si a Lope de Vega le llamaron el Fénix del Ingenio, le llamaron mal. El ingenio de todo el mundo se esconde detrás de unos buenos ojos ciegos que, aunque todo ven, todo desconocen.
Actúa fantasiosa mi mente quebrantada al escribir una tesis de un hombre ausente —ausente por ajeno y, quizá, porque me falte—. Llega otra vez la luz matinal para obligarme a saberme débil ante una realidad desmerecedora de mi atención. De pronto pareciera que la ignorancia también tiene su encanto. Mi estrangulada existencia lo supone bien: estas palabras serán consumidas por los años, quedarán en mi memoria como una silueta deslumbrante con un atisbo del recuerdo que jamás pasó, pero que viví con el anhelo de quien esperó nacer.

Dany Perag
@danypera2707
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