
Este relato que transcurre en el subsuelo fue creado en el marco de los retos internos del colectivo y fue elegido como el ganador por los demás miembros.
La madre sostenía en una mano una galleta y en la otra una velita encendida. En la fiesta de la niña nadie sonreía; pero a pesar de la incomodidad, de las espaldas encorvadas y el cosquilleo irritante de las cucarachas, entonaron el “feliz cumpleaños”. Un sólo tono solemne, monocorde, bajísimo.
“Pedí tres deseos, mi amor”, sugirió la madre y la niña cerró fuerte los ojos unos instantes antes de soplar la pequeña vela a punto de consumirse por completo. “¿Qué pediste?”, preguntó el hermano con un hilo de voz. “Quiero una milanesa con papas fritas, conocer el mar y volver a ver a papá”, terminó de decir en el preciso momento en que crujió una puerta arriba, sobre el piso que los cubría.
“Acá no hay nada, mi sargento”, vociferó un soldado. La niña pudo verlo por la rendija, entre los tablones de madera y su corazón latió tan fuerte que lo creyó a punto de estallar. Las botas del sargento resonaron en la habitación. “¿Y ese olor a vela, soldado? ¿No le parece ‘algo’? Traiga el hacha, Gutiérrez”.
Mientras las astillas caían sobre sus cabezas a cada golpe del hacha, la niña no pudo no pensar que, al menos, se había cumplido uno de sus deseos.

Coti Molina
@cotimolgo
Leer sus escritos


Deja un comentario