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El jardín de Greenpot

El jardín de Greenpot estaba habitado por una sola persona, Amir. Un hombre de unos treinta y tantos años, delgado, con tez blanquecina y con unas piernas metálicas que chirriaban cada vez que se movía. El oxidado metal estaba constituido por dos partes bien diferenciadas. Una primera parte llena de engranajes cilíndricos, bisagras y tornillos. Y una segunda, atestada de cables de acero que parecían tendones y ligamentos. Estas dos partes se unían con dos grandes tornillos que Amir tenía que apretar con frecuencia. 

En primavera las abejas iban y venían a sus anchas. Las hormigas recorrían los estrechos senderos que antes habían dejado preparados los lánguidos gusanos. Florecían extrañas flores aromáticas que envolvían en perfume toda la majestuosa llanura en la que se asentaba Greenpot. Amir las clasificaba todos los años y, por asombroso que pareciera, nunca se había repetido ni una sola flor. Todas eran distintas.

Su casa estaba situada en el centro del jardín, era bastante peculiar. No tenía puerta y para entrar había que escalar un largo pañuelo rojo que colgaba desde el alfeizar de la ventana hasta el suelo. Era la única forma de entrar y salir. Cuando subía a su hogar el sonido de sus piernas era ensordecedor, y aunque no había atisbo de ninguna civilización en kilómetros a la redonda, siempre le provocaba mucha vergüenza. Sus mofletes se ponían de un rojo intenso y una ligera sonrisa asomaba en su rostro.

En verano el jardín era un desierto. Las temperaturas podían alcanzar unos ochenta grados en la sombra. Amir odiaba aquel calor. Sus piernas de metal chirriaban con tanta fuerza que muchos días de angustioso calor se quedaba sentado en su casa. Podía pasar interminables horas en aquella posición esperando nada, haciendo nada y sin moverse ni un solo milímetro.

Una noche de agosto, por el este de la llanura, comenzó a levantarse una brisa que, en pocos segundos, se convirtió en un vendaval incontrolable que azotó con vehemencia el jardín. Los árboles salieron disparados y las vacas de la comarca volaron en círculos.

El polvo se fue disipando y ante los incrédulos ojos de Amir apareció un hombre de cuerpo delgado, brazos alargados y piernas arqueadas. El extraño visitante tenía el cuello hundido hacia delante, lo que generaba que su cabeza saliera en exceso de su cuerpo. Vestía unos vaqueros grisáceos, sujetos con un cinturón, que dejaban asomar sus finos tobillos. Llevaba una camisa blanca metida por los pantalones y un sombrero marrón, de estilo tejano, que le tapaba los ojos y solo dejaba ver su puntiaguda nariz y unos finos labios. 

Las delicadas manos de Amir comenzaron a temblar sin control. El miedo que sentía ante aquel hombre le hizo permanecer vigilante, atento a su presencia, a cada movimiento, a cada parpadeo. Dispuesto a abalanzarse sobre él si fuera necesario. Nunca nadie, desde que Greenpot existía, había pasado por allí. Amir no conocía a ninguna persona más que a sí mismo. El silencio y la soledad eran sus compañeros habituales.

—Hola, estoy buscando a un hombre llamado Amir —dijo el extraño visitante con voz ronca.

—Ese es mi nombre.

El visitante metió la mano en su bolsillo derecho y sacó una llave plateada que le entregó.

—Y esto, ¿qué es?

—Lo descubrirás cuando estés preparado —dijo sin inmutarse—. Guarda la llave en un lugar seguro.

—Pero por aquí no hay muchos lugares seguros.

El visitante se desató uno de los cordones azules de sus zapatos, anudó con él la oxidada llave y la colgó del cuello de Amir, dejando la llave muy cerca de su corazón.

—Este es un lugar seguro.

Amir se despertó de súbito y se llevó la mano a su corazón, pero allí no había nada. Recordó con claridad el gran vendaval y fue corriendo a mirar por la ventana. Era de noche y todo parecía en calma, todo estaba en su sitio. Abrió uno de los antiguos cajones de madera que embellecían el cuarto y rebuscó entre cables, tornillos, sombreros, mecheros, bombillas encendidas y paraguas todavía mojados por las lluvias del último invierno. De repente, vio la llave oxidada. Allí estaba atada al cordón azul, tal como la recordaba. La observó con detenimiento durante varios minutos, y guiándose por los movimientos intuitivos de su cuerpo, introdujo la llave en un agujero de una de sus piernas metálicas, la giró rápidamente y se convirtieron en fuertes raíces, y Amir, en un alto y bello ciprés. 

Natalia Sola
@nataliacabanillassola
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Una respuesta a «El jardín de Greenpot»

  1. Bueno.
    disfruté su lectura

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