5:14 a.m.
Azotea del edificio. Tubos de metal, pedazos de madera, botellas vacías en el piso, chapas, colillas de cigarro, serpentinas rotas pegadas a la piel. Mi cumpleaños 31 en la cima de Lince.
Puse Space Lion de The Seatbelts de fondo. Me sentí pretenciosa y estúpida.
Ya se habían ido todos. Solo quedabas tú, perfecta, vestida de noche, abierta al cielo. Nunca habíamos estado solas las dos. Ya la noche había sido desenfadada, neurótica, e iba apareciendo el amanecer. No hablábamos: no hacía falta.
Llegaba el fin de las horas contigo.
El aire aún tenía vestigios de locura. Ya sabías que desde aquí podía verte de reojo, lejana, sentada en el extremo de la pequeña mesa que nos separaba, cada una sentada en lo que tenía cerca. Los ceniceros explotaban. Eran minutos sin respiración, sin querer romper absolutamente nada de este hechizo que tendría para siempre, sola para mí, cuando te fueras.
Sabías que me moría irremediablemente por ti.
Ansiaba quedarme ebria a tu lado, reconociendo los primeros sonidos de la ciudad: un par de motores sin prisa, un gallo sonando a lo lejos. Volteaste a mirarme sonriente, y luego seria. Me mirabas. No me atrevía a respirar. Tenías ese abrigo largo y una manta violeta que envolvía todo tu cuerpo. Quise decirte algo, pero solo atiné a verte. Sentada con la botella en la mano, ambas en silencio, supe que ese momento era solo nuestro, y que tú también lo sentías. Miraste al cielo, sonreíste con tu boca gigante y tomaste lo último que quedaba en la botella.
Estacioné por el cerco de madera, al inicio de Grantchester Meadows. Había llovido. Bajé y empecé a caminar por la ladera del barro, donde se veían pisadas difusas como una pasta malhecha, densa y melancólica. Todos los sábados hacía este recorrido solitario, con la toalla bajo el brazo. Noté que estaría sola de nuevo.
Las hojas, las copas inmensas, los cuervos, las garzas, todos se movían en sintonía con el aire. Empecé a caminar en dirección al riachuelo: siempre había algo que me empujaba a revolotear por la orilla, el musgo fosforescente, los hongos en el prado y el frío.
Hacía ya tres años que vivía aquí, por las afueras de Cambridge, con sus campos inmensos, colores grisáceos y profundo silencio. Ante todo, sentía un gran arraigo a este lugar, donde me permitía jugar un poco con el viento y el olor a humedad.
Llegué a la proximidad del agua, donde solo podía entrar saltando. Decidida, me quité toda la ropa mientras daba bocanadas gélidas. Dejé todo encima de un tronco torcido: mi saco, blusa, bufanda, pantys, calzón. El frío despertaba mis pezones.
Me quedé mirando unos segundos el curioso tronco, entornillado, remitiendo lo humano, y de pronto eras tú, toda tú, echada, semi desnuda, con mi ropa colgando por todo tu cuerpo. Me acerqué apenas: la aspereza me atrajo. De pronto, decidí creer. Acaricié un poco la madera y las astillas hincaron mi palma, como queriendo entrar profundo. Eras tú, echada, con mis manos tocando tu cintura, tus muslos, tu vientre húmedo, jugando con mi ropa por toda tu piel. Eras tú.
Y recordé nuestra noche.
Recordé tu mirada y tu sonrisa, tu manta y tu abrigo y las luces incipientes justo antes de irse por completo la verde madrugada de Lima. Me moría por sentirte aquí.
Salté al choque del agua sin pensarlo más. El agua gélida, estancada, sosteniéndome. Las hojas amarillas, los cuervos volaban a lo lejos. Mis manos, temblando sobre mí. Tú, de cerca, me llamabas para jugar con la ropa y el viento un rato más.

Andrea Crigna
@ukis_crigna
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