Yo también amé esas piedras,
calizas toscas en las que me crié,
herederas de un océano que ya no existe,
que poco a poco se marchó,
como ese adolescente que deambulaba
de escalón en escalón.
Como las espirales de un caparazón,
difuminado entre los recodos de un laberinto,
recuerdas cada decepción,
cada paso en falso,
tanto propio como extraño,
sin dejar de ser ese adolescente que deambulaba
de escalón en escalón.
He dado rodeos para evitar los encuentros,
hasta he cambiado de equipaje y de vida
para encontrar un sentido que me es esquivo,
una lógica que pueda hacerme entender:
el porqué de los abrazos que acaban,
de los abecedarios que hielan los libros,
de los nudos en una madeja
que no nos dejaron avanzar.
En los escalones de San Pedro descubrí
que hace falta poco para ser feliz.
Ahora somos herederos de una máquina
que nos arrastra a estar felices sin serlo…
Y yo sigo siendo el mismo adolescente
que deambulaba de escalón en escalón,
en busca de respuestas
en los versos de una canción.

Juan Carlos Ruiz Redondo
@jcruizredondo
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