Ya no soy persona,
sino usuario mudo en una lista.
Ya no tengo alma,
sólo un perfil desnudo a plena vista.
Soy parte de un mundo
que quizá en un segundo ni siquiera exista;
tantos ojos puestos en las armas
y ninguno en la conquista.
¿Entonces dónde…?
¿Dónde agoniza la pasión?
¿Dónde buscarla si ya no queda?
En la casita que vio nacer el barrio,
y que resiste
devorada por monstruos de hormigón.
En el viejo roble que odia ser tan sabio,
pues solo viste
de cada otoño la pineda.
Allí se esconde…
Donde los muros se rompen y se ven tal como son
en la prisión del hombre, en el niño que encierra.
En el soldado en guerra que ve cerca su final,
y sin su ayuda,
se desarma por entero el corazón.
Junto al enfermo ante la muerte y su verdad,
que le susurra
lo que la flor de un solo pétalo a la tierra.
¿Y qué responde…?
Que no habrá monte sin encumbrar alrededor,
que el horizonte ya no es más que otra frontera.
Que las luciérnagas perdieron mil batallas,
y ya iluminan
su camino a la extinción.
Que nuestros días empiezan en pantallas,
y allí terminan,
como las horas muertas de una espera.
Que no corresponden…
a lo que corrompe el permitir que lo que soy
quepa en un nombre, y mutilarme de esa manera.
Pues no habrá más fino manto,
ni existirá peor amante,
o más falso amor,
que el que me ha robado tanto
sin abrazarme
siquiera.
Yo sólo pido algo real,
auténtico y verdadero.
Quiero ver el rojo, que al sangrar,
tiñe la nieve de un mes de enero.
Quiero vivir en la eternidad
de lo efímero, pues si muero
no recordaré del día la claridad,
sino en la noche el brillo de algún lucero.
Yo sólo busco lo que siento
que de otra suerte iría tras de mí.
Quiero bailar con la vida tan lento
que se aprecie el movimiento más sutil.
Jugar a borrar una rima
–mintiendo–
y recogerla de nuevo aquí.
Yo quiero que no pase el tiempo,
o con tiempo de verlo partir.
Y ya sordo del ruido que me columpia
en esta nada,
y ahoga el grito de mi vientre
bajo la piel,
donde pudo haber sido
pero no es…
Y ya ciego de la luz que me ensucia
la mirada,
así de cerca, por si prende
en su prender
las llamas que no he prendido
ni prenderé…
Y ya ronco de las palabras que me refugian
en el mañana,
en las canciones de siempre,
para no ver
que el futuro ya ha venido
y ya se fue…
Ahora ya sé que cada gota de lluvia
posada
en cada hoja de noviembre
dan fe
de cada vida en el olvido,
pues caen sólo una vez.

Iñigo Aranburu Palmeiro
@aranogi.poesia
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