En tu guarida, todo es tan blanco, mujer;
las cortinas como alas de insectos, tus muslos.
Pensemos en el afuera, ahí abajo.
Los senderos braman coléricos, el llanto,
como campanas entre las sombras, de una sirena.
Y nosotros recluidos, mujer;
inmersos en las telarañas que se forman por tu voz.
Si intento alejarme,
como si fuese una presa, tu sonrisa que abarca todo,
frena mis pasos indecisos.



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