En la mañana fría los pájaros parecían callar más de la cuenta para don Santiago. Se encontraba el caballero oscuro en un lugar que hacía tiempo no identificaba como suyo.
Él, que había sentido toda la vida que llevaba el control en el bolsillo. Su patente, reconocimiento, abrazo y su apretón de manos. Parecía que súbitamente todo había cambiado con la muerte de madre. ¿Dónde quedaba la parte humana que le hacía sentir que todo paso estaba justificado? Ahora se movía, al menos eso sentía pero no lo podía jurar, y ya no experimentaba en el aire una dulzura abrumadora. El olor a metal le empezaba a sobrepasar.
Nunca había sido un buen hombre a ojos del mundo, pero ahora es cuando le empezaba a quemar. Ya no tenía el superpoder de la enajenación. Ya el planeta no dejaba de girar con su presencia favorita sujetándole las manos inmóviles, desde hace tiempo heladas. O eso recordaba el señor don Santiago. Los pájaros ahora le molestaban piando, y también callados. Parecía no haber mucho sentido en ninguno de sus pensamientos, pero él sabía que lo había. Mientras le daba vueltas, los colores parecían tornarse desagradables, en una forma que no se puede describir. Las luces, irreales y molestas. ¿Cuánto tiempo llevaban funcionando? ¿Por qué llevaban tanto encendidas?

Aurora Hernández
@liveaboutit
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