No podía detenerme. Descendía por un túnel estrecho, pero viscoso. El pánico aumentó con la lentitud del desplazamiento y, sobre todo, de la incertidumbre. Mis ojos abiertos hasta el dolor experimentaron la oscuridad total, que junto con las voces desconocidas, rápidas y cargadas de tensión se sumaron a mi propio estrés. Sentí una presión extrañamente fría, una intensa luz hiriente y el corazón descontrolado. Finalmente quedé suspendido en un mundo totalmente extraño, rodeado de muchas sensaciones desconocidas, desagradables, opuestas a todo lo que había experimentado. El mundo que me rodeaba invadió todo mi ser. Con gran disgusto grité y lloré con todas mis fuerzas, como nunca lo había hecho.



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