Abril llega a la boca del túnel. Mientras avanza (des)aprende viejos discursos políticos de una superficie en decadencia. Una esperanza le salpica el ojo derecho cuando va acercándose a la puerta del búnker. Ella, como una Alicia moderna, sin sombrero, ni relojes, ni orugas reflexivas, sigue avanzando por el subsuelo sin poder medir ya los pasos, el tiempo, los años de cárcel equivocados. El peso de las palabras ha sido olvidado y las formas y tamaños cambian a su alrededor constantemente.
Forastera en tierra propia y ajena, carretera subterránea de ideas con vida; contraste, tensión, se cortó la soga. Abril llega a la anhelada puerta. Toca. Un segundo y la aprieta entre sus brazos el nuevo lugar. Hace calor, pero entra. Anda a tientas en la oscuridad hasta que…
—¿Dónde he visto esto antes?, se pregunta.
Camina entre montes que parecen volcanes, entre multitudinarios estanques de lodo. En su camino parece distinguir ¿círculos?, ¿un abismo escalonado? ¿Tanta gente olvidada, en penitencia? Al fin lo entiende.
—Bueno, que así sea.
Continúa el descenso y llega a su círculo, el quinto. Padeció antaño una ira incontrolable contra aquellos que mancillaron su bandera, su himno y su pueblo. El nuevo hogar no es bonito, pero le es suficiente para ser libre con todo y sus pensamientos ¿subversivos? Abril ya no existe en la superficie. Murió de hambre, de sed, de huelga en una prisión para inocentes. Murió y llegó al dantesco infierno, que resultó ser cierto. Aquí al menos podía respirar, gritar, llorar, maldecir a los dictadores. Abril se había emancipado.
—Mi condena es mi liberación.

Dany Perag
@danypera2707
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