No hay árbol más sabio que el olivo,
que en seco pedernal hunde su entraña,
y espera, sin clamar, la cruel campaña
del sol que lo consume, altivo y vivo.
Da fruto cuando quiere, es fugitivo,
sin prisa por vencer, ni ley que engaña,
y sangra en su licor, glauco de saña,
silente como un juez definitivo.
Usted aún está verde, caballero,
y el mundo no perdona savia tierna;
mas crecerá su pulpa en el acero,
pues sólo da dulzura la linterna,
que arde tras la escarcha del enero,
con sangre que no doma ley eterna.

Miguel Gómez Castro
@miguelgxmez
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