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La ciudad de abajo

«Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportar una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias. Pero eso sí, y en esto soy irreductible: no les perdono bajo ningún pretexto que no sepan volar…»

A las 11:43 de la noche, caía una vez más, otra mujer del cielo.

Era algo ya común en aquella ciudad. Siempre a la misma hora y en el mismo punto, Oliverio Fernández presionaba el botón sobre su mesa de noche y abría las compuertas ubicadas exactamente al lado izquierdo de su cama, donde una amante desnuda caía desprevenida y súbitamente hacia el vacío.

Oliverio nunca se preguntó qué sería de aquellas mujeres, ya que simplemente las desechaba y olvidaba con la misma velocidad con la que ellas se precipitaban hacia la oscuridad. No sabía que al otro lado del agujero existía un mundo: una ciudad completa y perfectamente organizada, donde las mujeres rechazadas aterrizaban sobre un inmenso colchón, creado y ubicado específicamente para recibirlas. Inmediatamente después de caer, eran conducidas al C.I.N. (Centro de Inducción para Novatas) donde comenzaban un intenso entrenamiento que las ayudaba a adaptarse a su nueva realidad, guiadas en su mayoría por otras mujeres que habían corrido con la misma suerte.

La Ciudad de Abajo era prácticamente igual a las de este mundo, salvo por dos detalles: uno, estaba poblado exclusivamente por mujeres (todas, por supuesto, amantes de Oliverio). Dos, las transacciones comerciales no se hacían con dinero, sino con palabras. Así, si ibas al mercado y querías comprar algunas cebollas para el almuerzo, podías pagar con una “Oda a la cebolla” de Pablo Neruda y obtener las mejores cebollas de la ciudad; o con un verso que rimara “cebolla” con “ampolla” y que te alcanzara apenas para un par de tristes bulbitos marchitos.

Adelia había aterrizado hace sólo un par de horas, y ya había ingresado al tratamiento de inducción. Como todas las novatas, se hallaba completamente desorientada y desesperada por huir, pero el personal ya sabía exactamente cómo actuar y la calmaron sin necesidad de usar la fuerza. La condujeron hacia un pequeño salón lleno de hermosos colores, donde una mujer bellísima la esperaba sentada con una sonrisa.

—¡Adelia, querida, bienvenida! Es un gusto tenerte con nosotros. Pero no te quedés ahí parada, ¡sentate, sentate donde querás, que ésta es tu casa! Contame, ¿cómo te has sentido? ¿Te han tratado bien?  

Adelia la observó en silencio durante unos instantes. Había algo en aquella mujer que le inspiraba una confusa simpatía, pero su sentido común le decía que eso no podía ser real, que seguramente se había quedado dormida en la cama de Oliverio y ahora…

—Sé lo que estás pensando, querida.—Dijo la mujer mientras se inclinaba, tomándole las manos. —No, no estás soñando. Sólo has sido una víctima más de Oliverio Fernández, que desecha de su cama a todas las mujeres que no saben volar. Pero no te angustiés, no estás sola. Yo también fui como vos.

—¿Dónde está mi hijo?—Dijo al fin Adelia, después de un breve silencio. —Tengo que volver con mi hijo.

—¿Tu hijo? Ah, no te preocupés por él, te aseguro que va a estar bien. Va a crecer y va a ser un hombre fuerte y feliz. Él hace parte de otro mundo ahora… Sé que es difícil de entender, pero aquí, en esta realidad en la que estamos, vos no tenés hijos. Sos nueva, sos como un lienzo en blanco; y tenés la oportunidad de empezar una nueva vida, de ser otra…—

Aturdida y sin despegar la vista de la mujer, Adelia apenas logró balbucear algunos sonidos ininteligibles, hasta que una de las enfermeras la tomó por el brazo y la levantó suavemente. — Vamos, tenés que descansar.— Dijo entonces la hermosa dama, mientras le acariciaba la cabeza con dulzura. —Has tenido un día difícil, y tenés mucho que aprender. 

Los siguientes días, los pasó Adelia como flotando en el más vívido de los sueños. Aprendió las costumbres de aquel nuevo mundo, conoció otras mujeres como ella, e incluso comenzó a instruirse en el oficio de crear lo que allí llamaban “versos bancarios”. Cada cierto tiempo les preguntaba a las enfermeras por su hijo, si sabían dónde estaba y si lo podía ver; a lo que simplemente le respondían que ella no tenía hijos.

Decidió callar entonces y seguir el tratamiento de inducción con simulada aceptación, mientras su corazón guardaba la esperanza de encontrar alguna clave que le ayudara a regresar a casa. Una vez terminado el proceso, el C.I.N. le facilitó un modesto apartamento, una bicicleta y un empleo como productora de versos en el Banco Central.

Era un trabajo riguroso, pero Adelia lo hacía a la perfección. En muy poco tiempo dominó el arte de escribir, y sus producciones se cotizaron cada vez más. En el banco empezó a correr el rumor de que sus obras eran tan buenas, que todo lo que creaba cobraba vida. O sea, que si decía “La lluvia susurra el secreto de las mariposas” empezaba a caer agua del cielo y un suave canto misterioso recorría toda la ciudad, seguido por un torbellino de enloquecidas criaturas aladas.

Adelia descubrió entonces su poder. En las noches, después de su jornada laboral, empezó a escribir sobre todo lo que quería hacer realidad: su casa, su hijo, su vida. Por breves instantes, lograba que las palabras le volvieran a traer la cara y risa de su pequeño; pero pronto se encontraba de nuevo sola, atrapada en la triste jaula que era su apartamento.

Una noche, mientras escribía “las aves en su vuelo, van perforando el cielo” y una desenfrenada bandada de pájaros blancos penetraba bullosamente la oscuridad, Adelia tuvo una súbita revelación. Soltó el lápiz y se quedó con la mirada fija en la ventana.

—Tengo que aprender a volar. 

Se convirtió en una misión. Esa misma mañana dejó de ir al banco con la firme resolución de no volver, y se dedicó de tiempo completo a la escritura de versos tan buenos que pudieran hacerla volar. Trabajó muchos días y noches tratando de hallar las palabras exactas que lograran semejante proeza, pero hacer que éstas produjeran un efecto en ella misma era mucho más difícil de lo que se había imaginado.

Incansable, decidió complementar la escritura con el entrenamiento físico, probando lanzarse desde el muro de la ventana hasta su cama, y tratando de mantenerse en el aire el mayor tiempo posible. Esta práctica por supuesto le provocó varias lesiones, incluyendo un fuerte golpe en la rodilla y una ligera torcedura en la muñeca, que afortunadamente no le impidieron continuar con su tarea.

Acostumbrada ya a caer con medio cuerpo en el piso, y protegida con rodilleras, coderas y hasta un casco; la inagotable Adelia se lanzó por enésima vez desde el muro de la ventana, pero ahora sí notó una sutil diferencia. Habría podido jurar que flotó en el aire durante unos pocos segundos, y en esta ocasión, sólo sus pies quedaron por fuera del colchón. Pensó que quizá de tanto lanzarse sus piernas se habían hecho más fuertes dándole un mayor impulso, así que decidió probar saltando a una distancia mayor: de la mesa del comedor al sofá de la sala.

Aunque el intento le costó una pequeña herida en la pierna, el resultado fue sorprendente. Continuó lanzándose desde distintos lugares de su apartamento y a distancias cada vez mayores, y poco a poco fue sumando tiempo a su capacidad de sostenerse en el aire.

Después de varios meses de práctica, decidió que la prueba final sería en una de las colinas que bordeaban la ciudad. Protegida sólo por su equipo habitual y una infinita confianza en su propio poder, la decidida Adelia tomó su bicicleta y se dirigió hacia las alturas, hasta que por fin llegó al pie de un barranco. Miró hacia el abismo, e inmediatamente la sorprendió el mismo terrorífico vacío que había sentido aquella noche en que Oliverio la arrojó desde su cama; pero se tranquilizó pensando que si este intento no funcionaba, bien le vendría precipitarse de nuevo hacia la oscuridad.

Cerró los ojos, tomó aire una, dos, tres veces; y sin meditarlo demasiado se impulsó suavemente con los pies, dejándose invadir por un purísimo y absoluto amor de madre. Sus talones, plantas y dedos se despegaron uno a uno del suelo, y conforme su cuerpo se elevaba, sentía cómo se iba liberando de aquel mundo extraño; mientras flotaba por el cielo con la naturalidad y ligereza de una pluma llevada por el aire.

Cuando abrió los ojos, estaba muy lejos de la colina. Abajo, en la calle, una multitud de mujeres la observaban perplejas, mientras ella levitaba plácidamente y buscaba con la mirada las instalaciones del  C. I. N.. Cerca de allí, justo encima del inmenso colchón en el que había caído la primera vez y oculto por una delicado velo de nubes, la radiante Adelia descubrió el agujero que conducía nada más y nada menos, que hacia la cama de Oliverio Fernández.

Súbitamente, Adelia se descubrió a sí misma desnuda y acostada junto a Oliverio, que dormía tranquilamente. Desorientada y con la sensación de haber despertado de un extraño sueño, se tomó algunos momentos para asimilar su situación. Ahora todo a su alrededor había tomado un matiz irreal, y le costaba creer que verdaderamente se encontraba en su mundo original.

Miró a Oliverio con una especie de repulsión indiferente, pero como no tenía tiempo para rencores, se levantó inmediatamente y con mucho cuidado para evitar hacer cualquier ruido o movimiento que lo despertara. Sólo quería irse de allí e ir en busca de su hijo lo más rápido posible, así que se inclinó para recoger una a una sus prendas regadas por el piso, y pronto se topó con un espejo de cuerpo entero.

—¿Amor, qué hacés…?— dijo Oliverio adormilado desde su cama. —¿no te quedás a desayunar? 

Al otro lado del espejo, Adelia, inmóvil y con una expresión de desconcierto, se encontraba cara a cara con la mirada aterrada de otra mujer: una nueva, un lienzo en blanco… una mujer que no tenía hijos.

(Inspirado en la película «El lado oscuro del corazón»)

Paula Obeso
tallerdehistorias
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