Algunas penas nacen justo en medio de una fiesta, como la polilla infiltrada en el baile nocturno de las luciérnagas, buscando escaparse de la oscuridad o aferrarse a la luz ajena, antes de seguir desparramando átomos de vida.
La pena nace en medio de la fiesta. Recién nacida, no se pregunta siquiera quiénes son los danzantes, ni cuánto le pagan a la moza cabizbaja que sirve las copas, ni qué significa ese cartel que augura felicidades a los agasajados, ni a qué hora cortan la torta que, sabe, no tiene permitido comer.
“Primero hay que saber sufrir”, dice el tango, como si en la acumulación de sufrimientos llegara una suerte de redención por la adquisición del conocimiento; pero la pena nueva ignora a sus antecesoras y las que cargan cada uno de los comensales. De pronto, el salón vacío y ella en el centro, balanceándose en la curvatura de los ojos de esa madre que no sabe acunar penas; pero las carga, por madre, por moza, por polinizadora.

Coti Molina
@cotimolgo
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