Veo un arlequín pintado en un lienzo
y describo la escena:
una lágrima que deshoja la azucena
se desintegra hasta convertirse en perseidas,
esas que caen en agosto por millares
cuando del cielo se desprenden
y aterrizan en la atmósfera terrestre.
El arlequín llora de melancolía;
su risa perversa se estanca en la tristeza;
comienza a sentir el dolor de la condena
de unos trazos coloridos que lo atrapan
y que sobre el lienzo se reflejan.
Cuando se marchan las musas temerosas,
yace atrapado en el cuadrilátero de madera
con ansias de saber que sufrirá
toda su existencia detrás del cristalino,
colgado frente a la vista de todos
casi ahorcado tras la puerta.
Algunos dicen que estas criaturas
cobran vida cuando se sienten atrapadas,
por eso los pintan con una flor en la mano,
para que no se sientan solos
mientras brotan lágrimas en sus ojos
hasta ahogarse en su propio sufrimiento.
Cuando el arlequín se desprende del lienzo,
cobra venganza y sabotea las miradas.
Mientras los más supersticiosos creen
que esta es la historia del miedo
que muchos sienten por sí mismos,
sus lágrimas y sus flores atrapadas.

Kervin Briceño Álvarez
@prisonerofideas
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