Cansada, así me siento. Ya no quiero volver a verme frente al espejo que desdibuja lo que queda de mi liviano cuerpo. Ellos, los acosadores detrás de bambalinas tampoco me miran, solo les importa una parte de mí, esa que tanto detesto. Casi siempre me duele usar lo que llevo puesto, incluyendo estos tacones de aguja forrados en un delicado terciopelo negro; mis pies sangran y arden como siempre.
Desde el mes pasado comencé el ayuno intermitente por recomendación casi obligada de mi agente. Ella siempre exige mucho más de lo que puedo dar de mi misma, me conoce, sabe mis debilidades y con eso le basta para manipularme y hacer de mí una víctima de sus decisiones. Para el almuerzo de hoy, una manera rimbombante de decirlo, tomaré una infusión de té verde con un chorrito de medio limón, supuestamente para quemar los restos de la grasa que corre por las arterias, luego de que mi maquinaria interna procesara los escasos 120gr de pechuga de pavo que cené anoche en la fiesta de bienvenida.
Lady Ann tampoco quiere verme antes de la sesión de hoy. Ella vacila constantemente entre sus pretensiones de saberse poderosa, mientras su lenguaje corporal le ayuda a disimular perfectamente las horas de insomnio acumuladas durante meses, detrás de cada boceto fallido y de los minúsculos retazos de piel de cualquiera de las bestias que hoy me dan mucho más que confort y abrigo.
No quiero imaginar el dolor, los sollozos y la desesperación de cada uno de esos miserables animales desfilando desde su cuna hacia el matadero. El olor a carne podrida mezclado con el terror de no tener conciencia de lo que les espera. Quizá sentirán algo similar a lo que yo siento cada vez que tengo arreglarme para verme perfecta, con una sonrisa inexpresiva que solo transmite estatus, opulencia y dinero, pero en el fondo desesperada por arrancarme la dermis y salir corriendo para no morir asfixiada en mi propia angustia. Desafortunadamente no me atrevo a hacerlo y eso me hace sentir más miserable y cobarde conmigo misma.
No quiero parecer exagerada pero aún me cuesta comprender como las decisiones de otros me arrastraron hasta la orilla de este mar tan oscuro, en cuya profundidad solo hay depredadores buscando millones de presas que por absurdo que parezca, también disfrutamos de serlo y mostrarlo egocéntricamente al resto del mundo.
La temática para la tarde de hoy no podía ser más apropiada; la economía circular, la moda verde y sostenible, el planeta perfecto y feliz que pretenden vendernos con tanta publicidad engañosa que viene impulsada por todos aquellos que se sienten como Lady Ann, como mi agente, como el curtidor de pieles de la Toscana, como el vendedor que exhibe sus piezas detrás de cualquier vitrina de Max Mara, Gucci o Louis Vuitton. Todos, absolutamente todos, somos cómplices de un crimen colectivo y complaciente.
En pocas horas volveré a desfilar sobre una de las tantas pasarelas construidas para la semana de la moda de Milán. La temporada otoño-invierno se ha convertido para mí en la peor muestra de lo que somos y de lo que hacemos como humanidad. Aunque parece que el frío de la ciudad va de la mano con lo que llevo puesto, hoy me siento especialmente expuesta frente a este espejo que me señala, como si toda esta piel y este cuero que roza mi cuerpo no fuera suficiente para tapar mi culpa. Toda esta indumentaria que me rodea de pies a cabeza, alguna vez protegió del invierno y del sol a quien sabe qué tipo de animal, o más bien debería ser sincera y expresarme en cifras —millones de animales—victimas sin voz, pero con una presencia avasallante no solo en esta pasarela de la muerte, sino convertidos en los tristes protagonistas de un museo del terror, exhibidos en los armarios de millones de personas alrededor del mundo, quienes encuentran en la industria del cuero y las pieles un placer culposo.
Para seguir siendo honesta, debería dejar de buscar las excusas para justificar la profunda lástima que siento por lo que hago, cuestionándome permanentemente por tantas cosas que no me atrevo a abandonar. Cuando acaben estas semanas de glamour tomaré un descanso para luego planificar el itinerario de las próximas temporadas que me llevarán de viaje a Londres y París, para repetir el mismo papel frente al espejo, rodeada de las mismas personas, de otros acosadores con cámara fotográfica, pero sobre todo del sonido que producen los gritos de las bestias que mueren en mi interior, siempre peleando por sus vidas y en una batalla perdida con mi propia culpa.

Kervin Briceño Álvarez
@prisonerofideas
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