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Casa habitada

Esta casa tiene cuartos infinitos. Jardines, ríos, lagos, laberintos, países subterráneos, templos milenarios, bosques en espiral y espejos de muchas caras. Esta casa está habitada por vivos y muertos, presentes y ausentes, luces y sombras. Todo aquel que entra lo hace presentando una ofrenda maravillosa, un fulgor especial que le abre las puertas y, una vez dentro, esa luz hace su nido y habita allí por siempre.

Pero toda luz trae consigo una sombra, y esa sombra es un vestido de ausencia, que es lo mismo que el dolor. Y es que la luz sin sombra puede cegar a cualquiera, así que las sombras salen y juegan por los pasillos, silenciosas, fieles, casi evidentes; haciendo siluetas imposibles en un baile a contraluz que marca el ritmo entre la dicha y la desolación.

A esta sombra que ves, le gusta plantarse justo detrás de mí. Cuando dejo de notarla por un tiempo, se aburre y me habla en un susurro de lluvia o en una palabra al azar y, al volverme, la encuentro pequeña y dulce a mis pies. Entonces me parece tan inocente que hasta me hace reír, así que la tomo entre mis brazos y nos vamos a caminar, y nos pasamos la noche hablando, riendo, llorando, bailando, bebiendo, y jugando por entre los espejos.

Pero justo cuando más me divierto, siento un viejo dolor y noto que la sombra se ha expandido; ha crecido tanto que cubre casi toda la casa, y su fuerza de agujero negro me atrae hacia donde se detiene el tiempo, y no puedo ver nada más allá. Entonces me enojo muchísimo, le ordeno a la sombra que se quite el vestido de oscuridad y sea solo luz, pero ella, triste, me dice que es imposible, que es más que solo un vestido, es más que solo luz. Le digo furiosa que se largue a su cuarto de una buena vez y que no salga nunca más, y que se contente con que no la pueda desalojar. Y ella, por un tiempo, simula que me hace caso y se va.

Pero la sombra desobediente sigue oculta a mis espaldas, y entre más busco alejarme, más de cerca me sigue, más amplia y oscura se hace. Así que decido hacer algo que nunca se me había ocurrido antes, y es mirar a la sombra a los ojos (yo tampoco sabía que las sombras tienen ojos). Entonces me detengo, cierro los ojos, miro los suyos y, sin pensar, pasa algo que nunca había creído posible. Noto en la oscuridad una belleza tan extraordinaria como el más claro resplandor. 

Mi corazón deja de latir por un instante y toda la casa se queda en silencio, y siento en ese latido perdido que la ausencia también es vida, la ausencia es la misma vida. Le sonrío a la sombra y creo que ella también me sonríe, y toda la casa vuelve a ponerse en movimiento; y entonces acordamos sin palabras que la deje jugar por los pasillos con la condición de que permanezca pequeña, pero, en esto último, ella no promete nada. Me contento con eso y acepto de una vez por todas que la sombra nunca se irá.

Así voy por la vida y por mi casa, sabiéndola habitada por tanta luz y tanta oscuridad. Me levanto por la mañana y me tomo un café, y me pregunto qué hará mi propia sombra en las casas de otra gente.

Paula Obeso
tallerdehistorias
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4 respuestas a «Casa habitada»

    1. ¡Gracias! 🙂

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  1. Una buena forma de levantarte los pelos de la nuca. Todos en algún momento de nuestra vida le hemos tenido miedo a las sombras. Te felicito.

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    1. ¡Muchas gracias por tu comentario! 🙂

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