Me asusté
cuando al verte sobre la acera
mi corazón quiso seguir tus pasos
latiendo al son de tu negra suela;
cuando quiso seguir tu estela
separando unos barrotes de cera,
iluso, creyó que serías tú quien los derritiera.
Menos mal que lo que añoraba
era la caricia, y no tanto la mano dueña;
que extrañaba unos besos de cuyos labios
poco me importa ahora el nombre;
que desde cualquier prado se ve la estrella
de la constelación que supusiste nuestra.
Y ahora, tú, tan lleno de vida de nuevo,
vuelve tras las rejas.
Aún no ha llegado tu momento.



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