Abriste tu boca con tu lengua de pescado
y yo pensaba en el brillo del mar de las cinco de la tarde en San Bartolo,
antes de que las olas se tornen azules y amarillas
con los botes flotando estacionados —ese brillo
cremoso como del verano del primer amor,
más escarchado y dreamy,
pero este era mi segundo verano,
diré
amor—.
Chocaste tus dientes contra mi labio superior y grité un poco,
será porque sentí también tus manos tanteando mis senos
esa vez en la huerta de tu tía
con sus geranios moribundos y olor a mermelada casera de la cocina
¿piña?, ¿membrillo?
Era una chica de poca paciencia y mucha prisa.
—Pero el sol dolía sobre las cabezas y tu tía dormía—.
Yo imaginaba los peces sobre las redes
y los erizos colgando de las algas.
Lámeme,
pediste,
y San Bartolo como un conjuro de estrellas cayendo al Pacífico
enmarcaba mi primera vez
en una playa sin orilla.

Andrea Crigna
@ukis_crigna
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