No sé si sabías
que cada vez le tengo menos miedo
a lavar mi cristal de retina y enfocar bien el poro
de aquello que creía me petrificaría.
Es irónico porque puedo palparme el brazo.
Ven y compruébalo.
Pero dime que aunque fuese piedra
no te asustarían mis cantos
ni las llagas que pudiese dejar
sobre tus manos
de lino, tan suaves.
Que no te importaría teñir con sangre la nieve.
Que cultivarías docenas de fresas sobre un de azucena mantos.
Dime si te sería indiferente
que, con mis caricias, rasgase tu carne;
si te pareciese, acaso, reconfortante,
la calidez del dolor, aun en verano, en primavera.
Pero puedo palpar mi vientre y
mis piernas y una cintura
tan desvaída, anodina,
que busca enredarse en el tejido
y, como luz, cambiar de frecuencia.



Deja un comentario