Loba

Me lamía el frío con sus dientes de agosto.
Y tú venías,
como un animal que sabe
que el deseo se entierra donde duelen los huesos.

Traías en las manos el barro de mi nombre,
el pulso atávico de la hembra en celo,
la fiebre sin fiebre
la música lunar del cuerpo cuando arde.

Te ofrecí mi carne como se ofrece el trigo,
con la espalda abierta al sol y a la cosecha,
y tú supiste leerme
en la lengua rota del hambre.

No hubo más oración
que el aullido.
Ni más certeza
que el temblor
cuando tu sombra y la mía
se hicieron lumbre
en la misma herida.

Raquel Gavilán Párraga
@raquelgavilanoficial
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