No era un barco. Cualquier cosa que flotara servía para llegar al otro lado. Era la rueda de un camión, un poliespuma que no tuviera demasiados huecos, o eran botellas amarradas a una tabla. Por velas tenían unas ciertas sábanas blancas que, sin colgar en los balcones, se volvieron color sangre. Llevaban el hambre por mástil, los sueños de brújula, la esperanza en las venas.
Como los griegos, no miles, sino cientos de miles, se embarcaron en un viaje sin el convencimiento de llegar a las noventa millas, o de volver a mi arrasada Ítaca. Entre tanta gente estaba ella, y dentro de ella estaba el deseo de no quedarse en esa isla cárcel –isla cárcel: nunca antes dos sustantivos se juntaron con tanto dolor y se besaron tan cruelmente–. Penélope salió como quien se escapa de la opresión. La incertidumbre arrulla una canción de cuna en su pecho, pero había que partir. Los días en el agua se volvían tortuosos. Ella se agarraba de la balsa desinflada con un desespero mortal. Los pensamientos giraban una y otra vez, e invitaban a la alucinación. Entonces vino él, o su recuerdo, ¿quién sabe?
—¡Odiseo, mi amor! No quiero seguir aquí. No aguanto más. Quiero llegar ya o morir en el intento, morir de una vez. Tengo sed… El sol me mata. ¿Quién me iba a decir que esta luz caribeña me haría daño así? Dime tú, ¿sabes qué nos espera? Ya he visto dos tiburones y tengo miedo porque no he logrado que el parche sirva. La balsa sigue perdiendo aire. ¿Qué hago? Está entrando agua otra vez y con esta jarra no puedo sacarla tan rápido. Yo no sé nadar. Tú también te habrás perdido en estas aguas. Te lloré tanto, tanto. ¡Y todo por ese régimen de mierda! El mar te habrá reclamado como balsero que fuiste. Dime tú, ¿sabes qué nos espera? ¿Mi muerte será en vano? ¿Patria o muerte? ¿Patria y vida?
—Odiseo, ya lo descubrí. El mar está tibiecito, menos mal. Al final el sol no ha sido tan malo. Patria o muerte es mi destino. Me voy en paz, como tú, como cientos de miles. Ítaca ya no existe. Elegí morir…

Dany Perag
@danypera2707
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