Un poco de frío entra por la ventana entreabierta. El zumbido del refri, retumbando entre las paredes frías de la cocina, es profundo y sostenido. Huele a domingo o a sopa del día anterior. Mamá descansa.
La veo durmiendo, contemplando el mundo con los ojos cerrados. Recuerdo mis tardes de niño como esta de primavera: naranjas y con la luz oscureciendo sobre las cabezas, escondiéndome en los arbustos más lejanos de la cuadra, corriendo a gritos salvándome de perder. Cuántas veces perdí. El patio de la quinta, ahora en silencio, murmura la brisa que hace crujir las abundantes ramas secas del portón de madera.
De pronto, no me siento tan solo.
Agarro la mano de mi mamá como cada vez que quiero retener una memoria. Las risas, los gritos, los olores de aquella vida de antaño. Acerco mi silla a su cama y veo por la ventana.
Afuera, el atardecer asoma y es hora de volver a casa. Cierro los ojos. El zumbido del refri como un pequeño motor que anuncia la continuidad de los tiempos. Adentro todo está en calma.

Andrea Crigna
@ukis_crigna
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