Desde esta azotea el suelo se ve más distante de lo que había imaginado, pero asombrosamente no siento miedo, a pesar de que, ahora que lo pienso, todo y todos me aterraban; esta vez es distinto, detallo el espacio debajo de mis pies mientras el pavimento viene a mi encuentro, apaciblemente, en un discurrir sin tiempo.
El piso se agranda ante mis ojos, convirtiéndose en una gran pantalla en la que observo mis primeros años de infancia. Me acerco a mi yo bebé protegido por los brazos de mi madre, acunado en su regazo.
Cada vez más cerca del umbral, sueño que volamos cogidos de la mano, que lo traspasamos sin pedir permiso, llevando en la memoria las imágenes sonrientes de los seres que he amado, esperanzado de que en otra dimensión pueda disfrutar la libertad, el goce absoluto, la bondad, la tolerancia, la independencia. Por lo menos ésta última puerta se abre para mí sin problema, sin preguntas incómodas, sin censura.



Deja un comentario