Todos hablaban de ella —aunque nadie podía asegurar haberla visto alguna vez—. La mencionaban quienes querían ser sus amigos y, quienes por desconfianza, se hacían llamar sus enemigos. Como nadie sabía por qué, en concreto, ella parecía ser tan especial, empezaron a sugerir opciones,
“es por su cuerpo”,
“es por los hombres”,
“es su cabello”,
“… y huyó de casa”,
“no creo que sea una buena muchacha”.
Así repetían quienes en secreto querían pretenderla o, incluso, quienes a su lado a alguien ya tenían. Algo habían escuchado de ella y eso los había llevado a imaginarla, desearla, idealizarla. Así que sí, irónicamente, algo había en ella que atrapaba, pero algo había en ella que faltaba; si no, ¿cómo no iban a recordarla?
Las personas de la vereda empezaron a perseguir a cada muchacha que se les hacía bien parecida. Suponían que así podrían encontrarla (suponían, además, que era joven). Necesitaban encontrarla.
—¿Eres tú de la que todos hablan? —empezaron a preguntar a cada jovencita que se cruzaban, como si ella lo supiera.
¿La ha visto alguna vez usted, lector? Le apuesto a que sí.
Reconozco que puede haber contradicciones en esta historia, ¿cómo hablan todos de alguien que no recuerdan? Bueno, un día un chico tuvo por esto una gran idea: cuando se la encontrara —si es que la reconocía—, le iba a tomar una foto. Así que, con cámara en mano cada mañana, se dispuso a buscarla; pero cada noche volvía sin éxito a su casa. Llenó decenas de cajas con fotografías de diferentes mujeres, pero no veía en ninguna de ellas nada.
Una mañana, mientras desayunaba —en realidad, era un cigarro y un café—, notó algo extraño: una foto que tenía en un cuadro de su sala se estaba desvaneciendo, ya no podía ver con quién estaba posando en ella… Así que, angustiado y paranoico, corrió en busca de otras fotos que le ayudaran a recordar. El humo de su cigarro envolvía algunas imágenes y el café se regó sobre otras. Abrió ventanas, dispersó el humo, trató de limpiar las fotos —era ella, seguro que lo era—…, pero ya no estaba. Recordó entonces solo un susurro que alguien le dijo un día
—Te comprendo—.
(porque sí, todos buscamos ser comprendidos más que ser amados).
Y qué pesar que, siendo a él a quien se lo dijo, aun así, la haya olvidado.
Esculque bien en su memoria, buen lector o lectora, pues le aseguro que usted también, algún día, llegó a verla.
Se cruzaron…, y ya no la recuerda.
Ya no la podrá recordar.
A menos que, esta vez, preste más atención a quien le ve y le reconoce.

Natalia Rico Medina
@writeondandelions
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