Tenía los huesos llenos de verano
y la costumbre de mirar al cielo
como quien busca su nombre
en el vuelo de los vencejos.
Jugaba a pisarme la sombra,
a esconder el miedo
debajo de la lengua.
Un día se encendió algo en mi pecho.
No fue amor.
Tampoco rabia.
Era otro idioma:
uno antiguo,
sin vocales,
pero vivo
como un tambor en la garganta.
Desde entonces
he sido tantas:
la que espera.
La que se marcha sin cerrar la puerta.
La que abre la herida para olerla.
He amado como se ama en una hoguera:
con las manos abiertas
y los párpados en llamas.
He dicho que no.
Y el silencio se me alojó en el pecho
como un cuchillo tibio.
No sé rezar.
Pero cada mañana
me arrodillo ante mi carne
como ante una diosa cansada,
y doy gracias
por seguir hablando
ese idioma secreto de los incendios.

Raquel Gavilán Párraga
@raquelgavilanoficial
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