Nuestros padres coleccionaban salarios
y saludos que no fuimos capaces de imitar;
al igual que no valoramos lo complejo
de sobrevivir con sencillez a la rutina,
de sobrellevar cada enero con honestidad.
Fuimos incapaces de ser como ellos
porque crecimos creyendo
que merecíamos algo mejor…
Y ahora nos descubrimos insensibles e individualistas,
deshonestos egos incapaces de amar
y de vivir con pausa.
Nuestros padres no leyeron a Kafka,
ello les evitó imaginar que sus hijos
serían esclavos de un futuro,
que hoy, nos aísla hiperconectados.

Juan Carlos Ruiz Redondo
@jcruizredondo
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