De la afonía, la belleza es arrancada a huesos.
De la ilusión de orden pleno, del ojo hipnotizado, de la mano puerca y la matriz corrupta; del camino que se pierde con la marea silenciosa; de los ánimos espesos y todo lo que es vano, que viene, que bulle. De la mansedumbre tuerta y el alma por sí misma apacentada; de la plenitud coludida con el atasco, y del hombre que vive en ese atasco, y se pierde, y se olvida, y se duerme y jamás despierta… De ahí, Señor, rescátanos. Date prisa en socorrerme. Hace un año y tres meses que duermo en este calabozo, o sueño, o vivo, o amanezco… no lo sé.
Puede que haya pasado más de un año y tres meses, quizás menos. Aquí todo es lo mismo, excepto yo, que cada día soy otro, porque cada día me olvido más de aquel que quise ser, o fui alguna vez. ¿Mi nombre? Aún lo recuerdo, pero ya no significa nada. Se refieren a mí como el prisionero. Y dicen que soy suyo, que soy su pertenencia, su secreto. Pero se equivocan. Yo soy prisionero Tuyo, anuncio Tuyo. Espero en Ti y en nadie más. Espero en Ti desde que, en esta clara oscuridad, sí, aquí mismo y sin prólogo alguno, te hiciste tan palpable como la alborada. Pero no cualquier alborada, sino esa que se inyecta en el cielo vivo de mi tierra, allá en una de esas islas del sur. Y podría ser cualquiera, sí, cualquier peca verde del océano, porque todas son igual de bellas. Bellas como tú y la mujer que se me escapa.
De la afonía, la belleza es arrancada a huesos.
Mi dolor ya no me merece. Para nada, nada en absoluto. Mi dolor es carne. Mi dolor expira. Aquí, en donde todo es igual y la noche clarea mientras que el alba enluta… Aquí mi dolor no es más que un Sancho serio y soporífero. Un remanso que cruje y chasquea: mi antiquísima niñez.
De la afonía, la belleza es arrancada a huesos.
No fue fácil, pero llegado a este punto, he logrado encontrar la paz en mis brazos que cuelgan y no me responden, en el sudor que, como mosquito durmiente y soñador, se desliza desde mi frente hasta mi boca, y la deja ligeramente salada. Es casi erótico.
Mi dolor no es más que ruido y aquí prima el silencio. Si yo no hablo, es porque hablas Tú. Dices beldades. Dices algo parecido a rimas o cacofonías huecas. Eres como un tambor en mis oídos. Eres mi corazón que se para de repente cuando, por crueldad del sueño, se aparece ante mí, verdadera y punzante, su lengua sobre la mía, mi mano sobre su pecho, mi pierna contra la suya, su brazo contra la sábana, algún olor, la borrasca del delirio, sus uñas mordidas y sonrosadas, esas uñas de siempre, a las que no se les quitaba la pintura sin importar cuántas veces las lavase…
La unidad.
De la afonía, la belleza es arrancada a huesos.
¿Cuánto tiempo me habría ahorrado si el silencio me perteneciera tanto como te pertenece a ti? Probablemente, una vida entera. Y con ella, toda la miseria que la acompaña. Porque Tú eres miserable, y eso, por más duro que suene, es la verdad. Tal vez la culpa sea Tuya, porque sin Ti no hay un “nosotros”, y nosotros, en nuestra fragilidad, apenas logramos intuirte: cercano, silencioso. Y aun así, hablamos. Mejor dicho, necesitamos hablar. Y voy a ser sincero: tu silencio, ¿cómo decirlo? Es abrumador. Y no solo eso; también lo es tu gracia, tu amor, tu misericordia. Nuestra existencia entera parece una contradicción. ¿Por qué? ¿Por qué lo has querido así? ¿Qué clase de imagen compartimos contigo? ¿De qué forma somos semejantes a ti?
Antes, te veía en ella. Su rostro era un evangelio viviente que me llevó al arrepentimiento, una salvación tangible e inmediata. También lo eran sus actos de compasión, el milagro de la reciprocidad. Éramos un regalo el uno para el otro.
¿Y Tú? ¿De qué forma eres un regalo, si siempre has sido el mismo? Incluso después de la muerte, sigues siendo el mismo.
De la afonía, la belleza es arrancada a huesos.
He olvidado por qué estoy aquí. Y si le pregunto a estas paredes infinitas, nadie me responde, nadie nunca me responderá. Y estoy seguro de que Tú sabes la respuesta. Las sabes todas porque eres todas las respuestas. Pero te ruego que no pienses que esto es un reproche. Solamente intento afirmar lo que sé, o creo saber. Lo hago desde la humildad. Porque ¿qué otra cosa me queda?
Cuando me trajeron no pude ver nada, pero escuché que alguien decía, «pónganlo en el 53». Así que debo de estar en la celda número 53. Y, juzgando por el ruido, intuyo que estoy en una zona ventosa. Lo que sea que está arriba de mí, es continuamente aporreado por el viento. Escucho cómo silba. Y sé que su canto es como el mío: ambos buscamos escapar.
Ella decía que el viento corre de la misma cosa de la que corremos nosotros. Entonces yo la miraba, le apartaba un mechón de cabello detrás de la oreja y le preguntaba que cuál era esa cosa tan temible, aquello que causaba arrebatos en el cielo. Ella me devolvía la mirada y, tras reír con un poco de vergüenza, me decía que estaba equivocado: «El viento no corre por miedo, y nosotros tampoco. Corremos porque nos empujan». Y, de pronto, como una tortuga despistada, me encontraba tirado en el piso, con ella riendo, sentada encima de mí. Entonces le decía que no, que si fuera ella quien me empujara, yo jamás correría. «Pero correrías de vuelta», me dijo alguna vez.
Palpita una sangre impoluta por debajo de estas costras en las que habitan leviatanes.
Me refuto a mí mismo. El dador de regalos no puede ser, a su vez, un regalo. El mundo exige que todo obsequio merezca algo a cambio: una sonrisa, un gesto, una deuda. Dios-hijo, en cambio, se da a sí mismo sin esperar retribución. Su entrega —carnal, total— desgarra los velos que, distraídos, tejemos sobre nuestros ojos como telarañas negras. El mundo adorna sus regalos con condiciones. Dios, con silencio y sangre. Un regalo, sin humildad, no es más que retórica.
Así que me arrepiento. Admito que, día tras día, noche tras noche, no he sido más que un saco de orgullo. Y el nudo —el verdadero nudo— es la soberbia.
Palpita una sangre impoluta por debajo de estas costras en las que habitan leviatanes.
La conocí en un cine. Era martes, a mediados de septiembre, y la voracidad del calor, junto con las manadas de mosquitos, me llevó a buscar refugio. Ese mes se proyectaba un ciclo revitalizador del cine mexicano de los años 2000. Las funciones eran todos los martes y jueves, y las películas habían sido seleccionadas por los mismos gabinetes que instauraron la nueva ley de censura. No entraré en detalles, pero el caso es que ellos tampoco lo hacían.
Aquel día proyectaban Amores perros. Yo llegué tarde, justo cuando la modelo española se rompe al ver que bajaron su anuncio. La sala estaba vacía. Me dormí y al parecer estaba roncando, porque al poco tiempo desperté en un estado de desesperación, apurando bocanadas de aire. Ella me había metido una palomita en cada orificio nasal. Después de calmarme, lo primero que escuché fue su risilla quisquillosa. La misma que ahora me mantiene cuerdo, y que es el hilo que voy tejiendo y destejiendo mientras espero la venida de mi salvador.
«Al cine se viene dormido», me dijo. Y yo me disculpé. Efusivamente, entre susurros, me disculpé. «Calla, que ya queda poco», respondió. Y el Chivo caminaba triunfante, con los anteojos torcidos y los cachetes humectados.
Al salir de la sala, caminamos juntos por las áreas verdes de la Cineteca y nos quedamos hablando hasta que dieron las diez y comenzaron las manifestaciones.
Esa noche desaparecieron a 70 personas. La anterior, 45. Un mes después se registró la cifra más alta: 83.
Palpita una sangre impoluta por debajo de estas costras en las que habitan leviatanes.
Para mí, la P es la letra que mejor suena. Su vibración me hace pensar en un avión que arranca, se ladea y se desploma antes de despegar del todo. Es un resoplido, una implosión. A veces desearía escuchar la voz de alguien más: la mía me enajena. Se vuelve contra mí. Para pronunciar la P, hay que esconder los labios dentro de la boca y luego volverlos a sacar. El sonido apenas vibra. Entra y sale, pero lo hace con la timidez de un niño regañado. Así es mi voz, me enajena y me empuja hacia adentro, como si mi garganta fuera un cuarto vacío:
Me vestí de su cuerpo como pradera dormida bajo la noche pobre.
Paulatinamente, nos fuimos desnudando.
Fuimos de amor pardo, de peregrina solicitud.
Palpita una sangre impoluta por debajo de estas costras en las que habitan leviatanes.
Después de 83 fueron 90. Bajó a 79 por un extraño periodo trimestral, pero en primavera ya habíamos cruzado los tres dígitos. Las manifestaciones se volvieron mítines virtuales. Ser la vendimia sin recoger puede resultar escandaloso. Los que nos quedamos empezamos a ser odiados, hasta que después de soportar mucho, nos enaltecimos, y entonces se nos respetó y nos hicimos tan autoritarios como los tiranos que nos subyugaban.
¿Qué tienen en común un vocero y un oyente? Que ambos están unidos por el mismo ruido que el viento intenta traerles, pero los dos colocan vidrios especiales para protegerse de la brisa que un tercero llamó huracán.
Palpita una sangre impoluta por debajo de estas costras en las que habitan leviatanes.
¿Esperarás algo de mí, incluso cuando me es imposible moverme? ¿Qué mensaje se esconde en este sobrio recoveco del mundo? ¿Ella me espera como yo te espero a Ti? Esta experiencia —si es que se le puede llamar así—, ¿es de esas donde el consuelo radica en la unión total a través del sufrimiento compartido? ¿Equivalen estos años a Tus seis horas de crucifixión?
Imitando a Dios, necrófago, develaste tu verdadero nombre.
Cuando llegó el día en que ya no se podía hablar con nadie —por sospecha de que cualquier oído fuera también el de otros—, ella comenzó a distanciarse. ¿Desconfiaba de mí? ¿Después de tanto tiempo? Sus pinturas se volvieron cada vez más negras, más abstractas, más retorcidas… ¿Empezó acaso a ver a Goya en el espejo? Su sonrisa, tan anhelosa y veloz, contrastaba brutalmente con aquello que la mantenía ocupada tardes enteras. Nuestro hogar enmudeció, como enmudeces Tú, aquí, ahora.
Imitando a Dios, necrófago, develaste tu verdadero nombre.
El temor de Dios es el inicio de la sabiduría; el temor del hombre, el inicio de la perdición. El aferro terrenal es humano, pero también ilusorio y abstracto. El miedo nos paralizaba, nos impedía alzar las manos al viento o caminar descalzos por las playas que nos vieron crecer. Yo tuve que amarla más, mientras ella me amaba menos. Su miedo me relegaba a un sufrimiento próximo, uno que aún no la destruía, pero que ya la alejaba. Tuve que subirme a un ferry y pasar un tiempo en la península. Aquello la amargó por semanas. Nunca comprendió que la resolución no estaba en nosotros, sino en Ti. Nunca lo entendió. No la culpo. Yo tampoco lo veía entonces. Pero aquellas respuestas que parecían revolucionarias no estaban en la isla. Se nos prometieron falsedades, y nos acostumbramos al sobresalto.
Imitando a Dios, necrófago, develaste tu verdadero nombre.
¿Qué sustancia había en esos diálogos que giraban en círculos y no llegaban a ningún lado? ¿Por qué hablaban entre sí dos barrancas impenetrables, dos burbujas de fuego, un mudo y un sordo? Y nosotros, que podíamos escucharlos, ¿por qué ignorábamos sus palabras y nos volvíamos jueces de la rabia y la agresividad, como si el ganador fuera aquel que ostentara la vena más verde en la frente vieja y arrugada?
Con el tiempo, esos discursos se mezclaron con el rumor del viento, las orquestas callejeras y el canto de los grillos en el bosque. Poco a poco, dejó de haber múltiples soberanías. Como metal fundido, volvimos a ser uno. Nos hicieron uno.
Imitando a Dios, necrófago, develaste tu verdadero nombre.
Trataron el agua para generar más sed, inyectaron parásitos en los espejos y nos dieron a todos cataratas, hicieron alimento del petróleo y de la acelga un lujo; ahogaron con gas los bosques y salaron las selvas del continente; veíamos más sol que cielo, lunas, antorchas, ondas de sonido posterior. Eran más de 200 al día.
Imitando a Dios, necrófago, desvelaste tu verdadero nombre.
Vivíamos en tal delirio, amada, ¿cómo pude dejarte sola?
Sus pinturas pasaron de ser mares de negrura a ser destellos de lucidez. Su mirada se llenó de indecisión y sus gestos eran como de niña insomne. De lejos la llamaba y me mostraba sus avances. De lejos la veía perderse dentro de sí misma. Y la condenaba con mis respuestas vagas, mis limitados gestos de amor. Porque mientras unos huían del todopoderoso, nosotros vociferábamos por calles cadavéricas, esquivando niños dormidos y manos que nunca se llegaron a juntar. Nos sentíamos vivos e impenetrables. Señor, perdonarás mi ignorancia; no, mi elección de ignorancia, mi escape en el sentido de las cosas. Perdonarás mi estupidez, ¿qué sentido tienen las cosas? Lo único que siempre importó fue ella, fuiste Tú. El menos importante siempre es el más egoísta. Y eso éramos nosotros.
¿De qué nos servirán los terrarios ensangrentados si desde la tumba no podemos cosechar? La tierra, como nosotros, tiene estaciones. La diferencia es que nosotros nos aferramos a la que más nos gusta y matamos a las que sobran.
Nos afincamos en la sombra. Ceniza y polvo nos guardaron.
Es difícil precisar en qué todo se pudrió. Difícil, porque confundo la temporalidad. Tal vez todo estuvo mal desde el principio, solo que al principio éramos expertos en la negligencia. Sé que con ella conocí la paz que contigo es sempiterna, y que en este, mi cuerpo de concreto y moho, reverbera y se pinta con una luz que ya no existe…
Nos afincamos en la sombra. Ceniza y polvo nos guardaron.
A veces sueño con un bautizo. Aparece un vasto cuerpo de agua, como un cenote abierto en medio de una ciudad desértica. Alrededor, peñascos de mármol lo resguardan. Hay cinco puntos cardinales, y en la cima de cada uno, casi rozando el cielo, se alza un santo. Todos visten de blanco y rezan con las manos unidas y la cabeza inclinada. Sus ojos hundidos imploran al cielo. Rezan por mí.
La mirada cambia, se vuelve satelital. Siento vértigo y hambre. Me desplomo. De pronto, estoy sumergido en lo más profundo del cenote. El agua, incluso allá abajo, brilla en un azul eléctrico mezclado con turquesa y sombras negras que se funden como tinta.
Entonces veo dos brazos que rompen la superficie y me esperan. Floto hacia ellos. Me reciben, me mecen. Poco a poco, me adormezco en esa calma. Y justo cuando estoy a punto de quedarme dormido, algo me arranca de las aguas. Me veo a mí mismo: los ojos abiertos de par en par, las venas rojas latiendo, desangrándose.
Nos afincamos en la sombra. Ceniza y polvo nos guardaron.
Me siento libre en éste que es mi cautiverio. Es irrisorio el propósito que le atribuíamos a la vida, a la gente. Nos movíamos con desgana, fingiendo plenitudes, repitiendo tristezas como quien recita un guion gastado. Poco a poco nos fueron arrancando el espíritu, la voluntad, hasta dejarnos flotando, dóciles, como peces siguiendo el hilo imaginario del anzuelo. Nos convirtieron en langostas de restaurante y no éramos tan distintos de los cerdos: serviles, serviles, serviles hedonistas, eso fuimos. Bebés eternos, con el biberón siempre al alcance. Lo único que quedó fue una sombra de humanidad, y algunos recuerdos —aún vivos— de un amor mantenido más por respeto que por deseo. Porque así era antes, antes de que empezáramos a despreciarnos. Tú lo sabes, Tú que nos hiciste y que nos lloras como nadie, Tú varón de dolores, experimentado en quebranto, porque decidimos darte la espalda.
Ahora solo me queda esperar en esta monotonía pactada por aquellos que son mis captores y que tienen el mismo rostro que yo y sufren las mismas agonías. Aquellos que habitan su cuerpo, el de ella, que sueñan con su risa, que cuelgan. Y serán colgados.

Paris Ramírez Acosta
@paris_ramirez_ac
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