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Rapunzel

Los dedos exploran el área —un territorio de centímetro y medio, ubicado justo en la cima de su cráneo. Cabello por cabello, reconoce cada textura y tamaño: fibras largas y delicadas, finas y retorcidas, cortas y gruesas. Esas, las que parecen las ramitas incipientes de una planta que busca la luz, son las que acecha. 

Descubre un cabellito. Lo aísla con una técnica experta, usando el dedo pulgar y el índice. Cuando lo sabe inerme entre sus dedos, tira hacia arriba solo un poquito para identificar la calidad del dolor. Un pinchazo desde adentro, una rama afilada que perfora el cráneo desde un lugar oscuro de su cuerpo. Satisfecha, jala un poco más; es un tirón seco y contundente, y siente cómo se desliza del folículo. Saliva un poco.

Toma el cabellito extraído y lo examina a contraluz. Calcula que mide unos siete milímetros, lo más corto hasta ahora. Después del análisis de rutina, abre un poco la boca y lo deposita con cuidado sobre la lengua ansiosa. Lo presiona suavemente contra el paladar, clasifica su sabor: amargo con un toque ácido, como las ramitas prohibidas de su niñez. Traga un poco de saliva y, con los ojos cerrados, siente la presencia etérea deslizarse por su garganta. Horas más tarde, reanuda el ritual.

De noche, se ubica frente al espejo del baño. Sostiene otro espejo más pequeño detrás de su cabeza para contemplar el área despoblada. Juega un poco, peinando mechones delgados sobre esta, cubriéndola solo lo suficiente para que nadie sospeche. Siente un leve placer al notar la zona ligeramente más blanca asomándose entre los cabellos negros, como una grieta que se abre en la tierra para que entre la luz. La descubre de nuevo y, con la uña del meñique, repasa el pedacito calvo una y otra vez, cavando, hasta que sangra. 

Luego duerme, o eso intenta. Se retuerce de agonía y placer. Adentro, en la tierra negra de su vientre, una masa densa ha echado raíces: una especie de cosa viva que se ha alimentado cabello a cabello. Es una planta monstruosa, toda raíces, toda espinas, toda tentáculos de pelos negros. El monstruo ha atravesado las paredes de su estómago y sus intestinos, hasta invadir sus entrañas.

Esta noche, la planta repta por las costillas y llega hasta los pulmones y el corazón. El corazón es el único órgano que no perfora, pero lo envuelve y lo toma para sí. Cuando llega el amanecer, ya ha trepado por la médula espinal hasta el cerebro, el cual devora, absorbiéndolo como agua. Una vez vacía, el monstruo se expande por la cavidad del cráneo. Entre tantas raíces y espinas, una sola ramita, un cabellito corto y puntiagudo, se abre camino hacia el exterior.

Afuera, ella saliva. Ha llegado el momento. Una marioneta guiada por un instinto oscuro, lleva la mano hacia la cima de la cabeza. Las yemas de sus dedos acarician el área calva y, en el centro, descubren la ramita, ansiosa de luz. Ella es ahora solo cuerpo y deseo, y se deleita jugando con el cabellito. Sin embargo, el monstruo se impacienta, le dice hazlo, hazlo, hazlo; hasta que finalmente, ella agarra firmemente la ramita y da un tirón. Pero esta se desliza entre sus dedos. 

Ella intenta de nuevo, y de nuevo, y de nuevo; pero la ramita-cabello es demasiado corta. El corazón, que ahora le pertenece al monstruo, se acelera. El flujo de sangre inunda rápidamente las ramas y las hincha, las espinas se hacen fuertes y afiladas. El cabellito crece, rasgando la cabeza por el centro. La planta emerge por el cráneo, y las espinas desgarran el resto del cuerpo.

La planta-monstruo ha salido. La piel ha quedado sobre la cama como un pellejo vacío.

Paula Obeso
tallerdehistorias
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