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Des-control

Por primera vez desde que tenía memoria, la despertó el sonido de la alarma, presagiando un mal día. Las mantas de la cama estaban inusualmente torcidas, confirmando que su sueño había sido intermitente e intranquilo.

Como cada mañana, quitó todas las cobijas, solo para volver a colocarlas perfectamente estiradas y simétricamente distribuidas. Repasó mentalmente las actividades del día, mientras pasaba el cepillo 18 veces sobre sus 32 dientes. Preparó el desayuno correspondiente a los miércoles, pero cuando empezaba a comer, se interrumpió al observar que la luz de la entrada estaba inusualmente encendida. De un salto se levantó para apagarla, pero en su afán volcó el café, tiznando mantel, silla y tapete. La estupefacción la dejó inmóvil, incapaz de reaccionar ante lo imprevisto. La cadena de errores copaba su capacidad de discernir. Estos sucesos le costarían un retraso de, por lo menos, dos horas pues era inconcebible posponer para la noche el arreglo de todo ese desastre. Su mente no sabía resolver el conflicto. Al borde del colapso, de manera automática, alcanzó el interruptor de la luz, rectificó la ubicación del espejo que estaba ligeramente inclinado, alineó el tapete de la puerta y retiró el mantel manchado del comedor.

Sin saber todavía qué hacer, se sentó desconcertada en el piso de la cocina, con la mirada perdida, esperando que alguna fuerza externa se ocupara de ella. Desde su posición, amargada porque visualizaba una mota de mugre bajo la nevera, solo pudo tomar el teléfono y marcar el número que le habían dado en la clínica para casos de emergencia. Cerró los ojos y esperó con la mente en blanco una respuesta que nunca llegó.

Entropía, fracaso y frustración se habían adueñado de su ser. Sus párpados se abrían y cerraban involuntariamente. ¿pastillas, cianuro, balazo o una soga? Descartadas las dos primeras, pues había leído que en las postrimerías, el moribundo arroja baba. La herida de bala provoca profundos sangrados, dejando una huella casi indeleble. El uso de la soga requeriría mover algunos muebles de su lugar, sin contar con que el único espacio para colgar la cuerda era en la cocina e imposible pensar en un cadáver en el lugar donde prepara sus alimentos. 

Sus pensamientos, como sus ojos, daban vueltas en círculos sin control.

¿Habría llegado el momento de iniciar terapia, como se lo repetía el médico en los chequeos de rutina? No estaba convencida de ello. Si se daba prisa, compondría el desorden y todo volvería a la normalidad. De todas formas faltaban 3 meses y 13 días para agendar las siguientes citas de control.

De camino a buscar un mantel limpio sintió un corrientazo en todo el cuerpo al recordar que la noche anterior, martes, era de planchado. ¡Seguramente había dejado encendida la plancha!

pathos juan hernande

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