Las flores no fueron hechas para mí.
Hace unos días
arranqué muchas de otras manos
y las apreté entre mis brazos;
me aferré a ellas.
Algo de mí las reconocía de antes,
pero ellas me percibieron ajena.
Empezaron a deshacerse entre mis yemas.
Caminé un poco con ellas,
pero eran de alguien más;
y me pedía llevárselas
—tenía que llevárselas—.
De mis yemas pasaron a mis venas
y el mundo se tornó hacia mí:
me gritaban con sus miradas.
Personas de caras largas,
ojos saltones,
me azotaban;
la verdad temblaba entre mis manos:
Las flores no están hechas para mí.
Quise soltarlas,
¡debía regalarlas!
Pero no hallaba a quien las esperaba.
No hay quien ahora las necesitara.
Entonces tiñeron mi piel.
No me pertenecían en manos,
pero sí en la sangre.
Amapolas me condecoraron;
crisantemos me cargaron.
De intensos neones,
sus pliegues me cambiaron.
Ocupo ahora un cuerpo ajeno,
luminoso y extraño,
cargado de pena:
ellas necesitaban agua,
pero prefirieron mi carne.
Imagino otro mundo,
imagino su furia.
Imagino el juicio.
Ellas pueden burlarse de mí.
Después de todo,
mírenme aquí:
robo flores
para poder vivir.
Las flores no están hechas para mí,
pero sin duda,
me llevaré algunas a mi tumba.

Natalia Rico Medina
@writeondandelions
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