En la casa de mis abuelos había un jardín, y en el jardín, había un sapo. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde había salido. Mi abuela decía que ya vivía en la casa cuando se mudaron, mi tía, que era el obsequio absurdo de un amigo de su infancia, y mi mamá, que simplemente había aparecido un día cualquiera. El caso es que estaba ahí.
Cuando era pequeña, aquella casa de dos pisos era para mí lo más parecido a un palacio. Yo era una típica niña de 6 años, y como tal, me encantaban los cuentos de hadas. Cada vez que me lo permitían, empacaba mi maleta morada de Blancanieves y me iba a pasar la noche en aquella casa maravillosa, donde me convertía en la creadora y protagonista de mis propias historias fantásticas.
Lo que más me gustaba no era el jardín, sino la sala de las porcelanas. Justo al lado de la sala de visitas había otra, separada por una inmensa puerta corrediza de vidrio. Yo no entendía el propósito de aquella segunda sala, ya que nadie se sentaba allí. Lo importante era que me parecía hermosísima, con los muebles blancos, la alfombra también blanca y una colección de delicadas bailarinas de ballet, con sus brazos y piernas elegantemente sostenidos en diferentes poses. A esta sala, los adultos la llamaban en broma “el sancta sanctorum”, pero para mí, era un salón de baile.
Siempre que podía, entraba al sancta sanctorum y bailaba, girando con los brazos extendidos, y me imaginaba que las bailarinas de porcelana bailaban también. Claro que esto horrorizaba a mi abuela, que corría a pedirme que saliera de ahí para no irle a quebrar las muñecas. Para evitarme más regaños, comencé a hacer mis bailes a escondidas, algo así como mi propio ritual secreto.
Cuando pasaba la noche en la casa, esperaba a que mis abuelos estuvieran dormidos, bajaba silenciosamente las escaleras (recuerdo ahora el piso frío bajo mis pies) y me dirigía al sancta sanctorum. Pero antes, tenía que pasar junto al jardín, que también estaba aislado por una puerta de vidrio. Esa era la única parte de mi rutina que me daba miedo, tal vez porque a esa hora el jardín estaba completamente oscuro y el reflejo que me devolvía la puerta me daba la impresión de que había alguien más observándome.
Siempre pasaba por allí casi corriendo, pero una de aquellas noches, me tropecé justo frente al jardín. Apoyé las manos en el piso para levantarme, y giré un poco la cabeza hacia el vidrio. El sapo estaba justo al otro lado, totalmente inmóvil, mirando hacia el interior de la casa como en una especie de meditación trascendental.
En ese momento, mi agitación se transformó en curiosidad. De día, su color gris y su piel llena de verrugas hacía que se confundiera con las piedras, pero ahora estaba tan extraordinariamente quieto que parecía una estatuilla traída de algún templo sagrado. Solo sus ojos, que brillaban como si vieran a través de mí y de todas las cosas, daban prueba de que estaba vivo. Me quedé inclinada observándolo un buen rato, esperando tal vez algún movimiento, o intentando imaginar qué pasaba por aquella fea cabecita. Pero el sapo parecía no inmutarse ante mi presencia.
No sé cuánto tiempo me quedé observándolo, pero esa noche no fui a bailar a la sala de porcelanas. Al final me aburrí y me fui a dormir, subiendo las escaleras con el mismo sigilo con el que bajé, y cuando desperté por la mañana, mi abuela me tenía listo un delicioso plato de huevos fritos con pandequeso y chocolate.
Ahora, siempre que iba a dormir donde mis abuelos me dirigía al jardín en lugar del sancta sanctorum. El sapo siempre estaba allí, meditando, con la mirada fija hacia el interior de la casa. Incluso llegué a preguntarme si me había estado esperando. Con los años, pasar la noche allí se hizo algo cada vez más esporádico, y el pequeño ritual se convirtió, poco a poco, en un recuerdo curioso.
Tiempo después, a mis 14, mis papás hicieron un viaje corto, y tuve que quedarme a dormir donde mis abuelos una vez más. La verdad, sí me emocionaba que la abuela me hiciera el desayuno, pero no se me había ocurrido pensar en el sapo. Sin embargo, justo cuando puse la cabeza sobre la almohada, lo vi de nuevo en mi mente, con sus ojos inquietantes, al otro lado del vidrio. Me pregunté si estaría allí, o si sólo se instalaba frente a la puerta cuando yo iba a visitarlo. Batallé un rato con la pereza, hasta que finalmente me levanté.
Me dirigí al jardín, pero aun cubriéndome los lados de la cara para mirar mejor a través del vidrio, no vi al sapo en ninguna parte. Di la espalda para volver, sintiéndome un poco tonta, cuando escuché un golpe seco detrás de mí. Me giré conteniendo un grito, y me sorprendí al ver al sapo arrojándose compulsivamente contra la puerta transparente; una y otra vez, como queriendo salir de allí. Con cada salto, su barriga blanca y sus patas se resbalaban sobre el vidrio, dando una imagen grotesca que me asqueaba y conmovía a la vez. Yo me incliné hacia él y lo miré desde mi lado del vidrio sin saber qué hacer. —¿Qué quieres, que te bese?— bromeé.
El sapo seguía saltando contra la puerta. Me quedé observándolo, e imaginé que si lo besaba justo en ese momento, se convertiría en un príncipe como los de los cuentos; o mejor, que al abrirle la puerta, abriría también un mundo fantástico y completamente distinto; ese que veía con tanta claridad en mi niñez. Pero de sólo pensar en besar un sapo, ese sapo, me daban arcadas, por no decir más. —Sorry amigo, no eres mi tipo—, le susurré, y me devolví a mi cuarto mientras él seguía lanzándose contra el vidrio.
Esa semana, mi abuela comentó que estaba preocupada porque no había vuelto a ver al sapo en el jardín, y temía que se hubiera metido a la casa y que estuviera deambulando por ahí, o peor, que hubiera muerto escondido en alguna parte y empezara a atraer toda clase de pestes. Lo buscaron algún tiempo más, pero nunca apareció.
Años después, aquella casa de ilusiones infantiles fue vendida y demolida, y en su lugar construyeron un parqueadero público. Mis abuelos se fueron a vivir a un apartamento y yo completé mi camino hacia la adultez. Eventualmente, me casé y me tuve dos hermosas hijas, compré un apartamento con balcón y no volví a pensar en el sapo.
Eso, al menos hasta hace un par de semanas. Fue una noche de insomnio, en la que cansada de dar vueltas en la cama, terminé levantándome para prepararme una bebida caliente. Así que fui a la cocina y al regresar, encontré un bultito frente a la puerta cerrada del balcón. Era mi hija menor, que tiene la costumbre de levantarse en sueños y tenderse en cualquier parte de la casa. Así que no me sorprendí, y dejando mi taza sobre la mesa del comedor, tomé fuerzas para levantarla y cargarla hasta su cuarto.
Pero cuando me incliné, me detuvo una sensación extraña, algo así como un fuerte déjà-vu. Levanté la vista hacia la puerta de vidrio, y reconocí el reflejo de la niña inclinada que me devolvía la mirada desde la casa de sus abuelos. Cerca del piso, un par de pequeños e inquietantes ojos negros parecían flotar en la noche, y supe que, en algún lugar, alguien había abierto la puerta.

Paula Obeso
tallerdehistorias
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