Como cada mañana, Harry bajaba a la cafetería más cercana para escribir su nuevo relato. Siempre pedía lo mismo: panceta, huevos fritos, champiñones y salchichas, acompañado de una buena taza de té. Su desayuno favorito desde niño.
La mañana estaba siendo especialmente productiva. Llevaba ya dos capítulos y más de mil palabras cuando un individuo, vestido con ropajes del siglo XIX, entró en la cafetería y rompió la armonía que tanto apreciaba Harry.
—¡No hay derecho! —gritó el elegante caballero—. ¿Cómo es posible que la inflación haya subido tanto? ¿Y cuándo hemos perdido los territorios de África?
—Señor, le tengo que pedir que baje el tono. Esto es una cafetería y la gente viene a desayunar tranquila —le recriminó el camarero.
—Nada, nada, me marcho. Vuelvo a mi época, cuando la libra tenía más capacidad adquisitiva que el dólar e Inglaterra mandaba sobre los jodidos yanquis.
***
Harry guardó el documento de Word y apagó el ordenador. La historia estaba terminada.

Carlos Grossocordón
carlosgrossocordon.com
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