Sokushinbutsu

Era un dolor distinto a todos los dolores. Se sentía en el ambiente. La ausencia encarnada. Quizás porque la sal del mar o de las dunas les había secado las lágrimas. O tal vez era por la sed que ya no eran capaces de llorar.

—¿Cuánto quiere? —me preguntó el jefe de la familia en cuanto me planté en su hogar, a la deriva del mar rojizo. Señalaba con el dedo la cantimplora de litro y medio que cargaba en todos mis viajes.

La pregunta me confundió, algo propio de un citadino acostumbrado a otra clase de problemas. Inicialmente, creí que le interesaba mi cantimplora. Un cachivache colorido propio de cualquier turista. Después, al ver su semblante, entendí que le interesaba comprar otra cosa: el agua. Miraba el recipiente como un poseso, con los ojos resecos hasta el rojo sanguinolento, la boca vacilante y la piel alargada y reseca sobre sus pómulos. 

—Se la regalo —le dije, mientras se la extendía.

La tomó de inmediato. No se complicó con falsos agradecimientos y modestias fingidas. En cuanto la tuvo entre las manos, se alejó de mí dando tumbos angustiosos por la casa. Se acercó a una de las hamacas colgadas en medio del hogar, la única que no estaba vacía. Se inclinó, y le acercó el recipiente a alguien que yacía allí. Curioso, me acerqué a investigar con la cámara en mano.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, noté la presencia de dos pequeños ojos saltones. Ojos amarillentos, igual de sangrientos que los del padre. Pertenecían a una figura triste. Por su tamaño, no mayor que el de un brazo, adiviné que era un niño. Un niño pequeño. Estaba tan delgado que, en proporción, su cabeza parecía anormalmente grande. Solo me miraba.

El padre, al notar que lo había seguido al interior de la casa, adoptó una postura altiva en cuanto vio la cámara. De inmediato, escondió a la criatura en los pliegues del chinchorro.

—¿Qué quiere?

—Vengo por fotos. Soy fotógrafo.

Me miró de arriba para abajo, inseguro por mi respuesta.

—¿Para qué periódico trabaja?

—Para ninguno. Ni para ninguna revista. Soy independiente.

—¿Y eso qué? —me dijo. 

—No tengo jefes, ni órdenes de nadie. Solo fotografío lo que me preocupa.

—¿Y nosotros le preocupamos? —me preguntó. Era notorio que no me creía ni una palabra. La desconfianza de aquellos que viven en el horizonte del mundo.

—Me preocupan. Me han contado cosas.

De inmediato, posó sus ojos, que buscaban cómo escapársele de las órbitas a causa de la sed, sobre mí.

—¿Y qué le han contado?

—Que pasan cosas raras con sus muertos.

Se me quedó viendo un largo rato. Después suspiró. Era el suspiro de los hombres incomprendidos. 

—Querrá decir con nuestros vivos.

Yo no le dije nada. Él, como si estuviera obligado a explicármelo, me guio hasta la puerta trasera, que daba a un patio cercado por sendos cactus. Allí, en medio de la arena y a plena luz del sol, estaba la caja. Contuve la respiración, nervioso ante la aparente confirmación de las historias que había escuchado. Tomé la cámara entre las manos e inseguro sobre si era lo correcto, le pregunté: “¿Puedo tomar una foto?”.

—Las que quiera del exterior. Al interior no hay cómo sacarle fotos sin abrirla —y a continuación me señaló uno de los lados de la caja—. Pero puede ver por ahí. Hay un hueco pequeño.

Sin mediar palabra, tomé fotos alrededor del cubo. Con cuidado me acerqué al objeto. Los rumores hablaban de esa caja como de Pandora. Me arrodillé frente a la pared que me había señalado, y encontré en la parte alta de la misma, a la altura de mi cabeza, un pequeño orificio por el que entraba la luz.

Pegué el ojo a la pequeña incisión y observé.

En el interior no hallé nada sobrenatural, ni ningún apocalipsis, ni a ninguno de los monstruos de los que me habían hablado. Adentro encontré la misma realidad que fuera.

Sentada en medio de la caja, con la cabeza gacha y una respiración apenas perceptible, había una mujer. Contados mechones de cabello platinado le caían por la cara, mientras que la mayoría de su cabeza estaba arrasada por una calvicie absoluta, acompañada de pequeñas pústulas resecas. Su piel amarillenta parecía la de una momia. 

Pero su apariencia terrible estaba también acompañada de una mirada tranquila. Una paz que me pareció contra natura en aquel infierno. El contraste me descolocó.

Aparté la vista y me puse de pie.

—¿Qué está haciendo? —le pregunté, incapaz de ocultar el horror en mi voz.

—Está muriendo.

—Es un suicidio —le comenté, esperando que aquella noción cristiana le revelara el terror de aquella imagen.

—Pues claro —me dijo, con un tono entre la obviedad y la desesperanza—. ¿Cómo más puede uno decidir morirse?

A continuación, me señaló la pequeña casona junto a la principal. Lo seguí hasta la choza de cuatro paredes de bahareque. Allí, aguardé en el marco de la puerta mientras él la abría con una solemnidad funeraria. Incluso bajo el sol omnipresente del desierto, aquella casa estaba invadida por las tinieblas. No tenía ventanas.

Con un paso, me adentré en el pórtico, y entonces las vi. Eran figuras que me observaban con las cuencas vacías. Todas, sentadas en una posición de loto cuyo significado oriental había sido prostituido hasta la médula. Eran fantasmas angustiantes que se aferraban a la eternidad con la esperanza de ejercer como testimonio de la desesperación. De la sed. Todas vestidas con las mismas prendas que el día en que murieron. Entre todas, adiviné que debía estar la abuela, la madre, la hermana, el hermano, un hijo, una hija…

Retrocedí hasta salir de la casa. El hombre, sin percatarse de mi terror, o muy consciente del mismo, solo dijo ominosamente:

—Nosotros no vamos a morirnos de sed.

La aseveración, que fue más una profecía todavía incompleta, me abrió los ojos. Le agradecí al hombre las atenciones, y esa misma tarde me fui de la casa. 

Como siempre sucede, el destino se encargó, no mucho después, de refrescarme la memoria de aquel día. Sucedió que, mientras revisaba las fotos del viaje de cierto colega a Tailandia, encontré una que me heló la sangre. Era una momia idéntica a las que había visto en el desierto. Con la misma posición de loto y la misma mirada pacífica. Solo que en este caso, el cuerpo estaba expuesto tras una vitrina de cristal. 

Cuando le pregunté al respecto, me comentó que aquello era una práctica antigua entre los monjes budistas más elevados. Le llamaban sokushinbutsu. Momificarse en vida. A día de hoy, en Oriente, todavía se les guarda un gran respeto a los monjes que lograron aquel propósito. 

Decían que, al final, habían alcanzado la divinidad.

Le agradecí por la explicación, y como había decidido desde entonces, me guardé el secreto de aquella casa en el fin del mundo. Nunca escribí ningún artículo, ni tampoco compartí las fotos con nadie. Todavía las conservo, impresas y enmarcadas. Sin embargo, no importa cuánto las vea, no puedo vislumbrar en aquella visión remota un ápice de divinidad.

En realidad, son para mí una especie de epifanía corrupta. Un intercambio, si se lo quiere ver de cierta forma, por mi cantimplora.

Adolfo Enrique Guayara Aponte
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