Zapata, Cuba: la muerte.
La noche se entrega a su propia penumbra y la enamora. Entre el calor del verano y las aguas pantanosas descansamos los caídos en paz. Allí yacen, inertes, los restos de mi existencia, de un antaño yo que falleció entre cangrejos enfangados. Por aquel entonces tenía un cuerpo rollizo, con mejillas rosas y ojos tiernos, casi inocentes. El cabello largo llegaba casi a la cintura. Las piernas femeninas habían calzado uñas pintadas y un sueño profundo. La falacia de aquella felicidad se detendrá en el tiempo, justo antes de salir (¿volar?, ¿emigrar?) de Zapata.
Zapata, Cuba: abrir los ojos.
Entre el calor del verano y las aguas pantanosas descansamos los caídos en paz…
Y los que vivimos en guerra aún recorremos este infierno descalzos, con pies endurecidos a fuerza de hábito. Antes de mudar la piel, antes de dejar entre mangles las inocencias de una juventud apresurada, aquel yo dejó de ser yo, y se cortó el pelo de mujer despreocupada. Las tristezas de llegar a un Viejo Mundo, que se le hacía totalmente nuevo, le adelgazaron hasta los huesos, le lastimaron los labios, se le afinaron las piernas y se le han vuelto fuertes de tanto andar. Pero la inocencia se le quedó allí, enterrada en la ciénaga. El amor pueril se le quedó allí, encerrado sin opción a libertad condicional.
Zapata, Cuba: el no retorno.
Allí yacen, inertes, los restos de mi existencia, de un antaño yo que falleció entre cangrejos enfangados…
Y el cadáver se pudre. Allí lo dejé, estancado, inmóvil. ¡Lo enterré vivo! Entre penurias y dolores, estaba latiendo todavía. El recuerdo de su rostro gris me ataca aun en mis momentos más felices, y me devora con insistencia. Daría la vida por recuperarlo; las cicatrices no me dejan estirar el brazo para agarrarlo. Solté un trozo de mi alma, sin siquiera sospechar nada. No se me permite el regreso. La Virgen no me deja retomar lo que me ha sido arrebatado.
En Zapata dejé mi orgullo, mi pasión, mis ilusiones. También abandoné el descuido, la irresponsabilidad, la falta de argumentos de quien aún no conoce al diablo; el temperamento débil de niña.
Regresar sería abrazar a la muerte. El pantano no me soltará. Aunque siempre haya fango en mis zapatos, los dejaré en la puerta de mi casa y mi hija correrá a besarme.

Dany Perag
@danypera2707
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